Tratar de asir lo que Freud y Lacan han
dicho respecto al concepto de identificación es algo apasionante, pero al mismo tiempo no
resulta cómodo en absoluto. Si un concepto es complicado, ese es el de identificación,
por su aparente simplicidad y por su complejidad a todos los niveles.
Freud se desliza, respecto al concepto de identificación, desde lo
particular del sujeto --desde las formaciones del inconsciente-- a lo general del desorden
social, al malestar en la cultura. Desde "Dora" o la "joven
homosexual" hasta la Ofelia de Hamlet, desde la "bella carnicera" hasta
"el sueño de la inyección de Irma", desde "el hombre de las ratas",
hasta Goethe, desde Edipo y "el mito del asesinato del padre", hasta
"Psicología de las masas" y "¿El por qué de la guerra?". Y vuelta
al principio, pasando por los circuitos complicados del registro de lo humano, para acabar
diciendo que la identificación es lo que cristaliza en una identidad.
Las tópicas freudianas están implicadas, y el yo, concepto complejo
por el sólo hecho de la introducción del concepto de inconsciente en la teoría
psicoanalítica, es el responsable de las dificultades que presenta el estudio de las
identificaciones. El yo, pero también el superyo y el ello.
El superyo se forma a partir de la 1ª Identificación,
(Identificación al padre, que tiene que ver con el amor y se instaura en tanto que
"el padre tiene el falo") y es el heredero del complejo de Edipo. Esta
identificación primordial es pacificante y clínicamente expresa los rasgos del Ideal del
yo. Pero al mismo tiempo esta identificación produce agresividad por renuncia a lo
pulsional, por lo que de normativo implica respecto al orden social.
La agresividad resultante de la identificación al padre, prepara la
2ª identificación, identificación a la excepción, porque el yo expresa un rasgo único
de la persona objetivada, por efecto del narcisismo. Es la identificación al rasgo
unario, que instituye al Otro y posibilita la constitución del objeto del deseo.
El rasgo unario es lo que marca una diferencia cualitativa. el soporte
de la diferencia, el Uno en el sentido unitario de la función. La identificación al
rasgo unario, es la que Freud llama regresiva, en tanto ligada a algún abandono de objeto
que se define como objeto amado. Es una identificación significante. Ejemplo: desde una
mujer o un hombre, a un libro raro, a un objeto privilegiado.
El rasgo unario es lo que designa la unicidad como tal por el camino de
la repetición. Es decir, lo que el sujeto busca en la repetición es su unicidad
significante, hacer surgir lo unario primitivo.
Si la identificación al rasgo unario, constituye en la misma
operación la constitución del objeto del deseo, también es desde allí que se origina
su aniquilamiento. Esto es especialmente grave en la neurosis obsesiva y en la melancolía
donde el yo domina la libido como consecuencia del ello. Por la
identificación, los impulsos de amor se transforman en impulsos de agresión hacia el
objeto, cuando el yo es víctima de las tres amenazas clásicas y las tres clases de los
peligros que Freud nos señala: el mundo exterior, la libido del ello y la severidad del
superyo.
Por último, la identificación histérica, interroga a Freud
desde La interpretación de los sueños, cuando se pregunta ¿Qué sentido tiene la
identificación histérica?. Esta identificación sirve al mecanismo de formación de los
síntomas y se vincula directamente con la demanda y el deseo. Es la identificación al
deseo del Otro, a las insignias. Por ejemplo Dora se identifica a las insignias masculinas
del Sr. K y no a su padre. (A su padre lo ama, no está instaurado como ideal, es
convocado por la potencia que le vendría de la Sra. K). Por eso, cuando algún accidente
viene a cuestionar esta identificación, el sujeto histérico vuelve a la pura demanda, a
la reivindicación del amor del padre. Ejemplo: "la bofetada" y la frase
"mi mujer no significa nada para mí". Menudo papelón hace el Sr. K creyéndose
protagonista, creyéndose el papel que ocupa imaginariamente en la intriga histérica de
Dora.
Es así como Freud complica las cosas y si hablamos de identificación,
siempre nos movemos en el terreno de lo abstracto, en el terreno de la construcción
teórica, en el terreno de lo mítico, en el terreno de los operadores de la estructura
psíquica, en el terreno de la creencia radical en el inconsciente. Es decir, ninguna
certeza que no sea derivada de la hipótesis del inconsciente, y que no parta de la
máxima: las cosas no son lo que parecen.
Y al mismo tiempo, cuando hablamos de identificación, todo es muy
sencillo. Freud lo dejó muy claro con la formula: "El yo es el cementerio de las
identificaciones que hacemos a lo largo de nuestra vida"; el yo se organiza a partir
de la interiorización de un rasgo de cada objeto perdido e importante para nuestra
economía libidinal, ya sea proveniente de lo edípico, del narcisismo y de la
procuración de una insatisfacción del deseo.
Las tres identificaciones estudiadas por Freud implican al fantasma,
pues será el fantasma quien determine las características del objeto, tanto e la
dimensión de la historia (I), de la frase (S) o del axioma (R). Tomaré la Neurosis
Obsesiva como referencia estructural y discursiva en el plano privado. Dejaremos para otro
trabajo, la dimensión social del problema.
La neurosis obsesiva, algunas reflexiones
¿Qué es un obsesivo? Es un actor que desempeña su papel y cumple
cierto número de actos como si estuviera muerto. "Se trata de un juego viviente
incluyendo todas sus características ilusorias-- que consiste en mostrarse invulnerable.
Con este fin, se consagra a una exhibición de dominación que condiciona todos sus
contactos con los demás". Es decir, hasta donde puede llegar con los demás, el otro
con minúscula, que es sólo su alter ego, su propio doble. Su juego se desarrolla
delante de un Otro que asiste al espectáculo. El mismo es sólo un espectador, y en ello
estriba la posibilidad misma del juego y del placer que obtiene. Sin embargo, no sabe que
lugar ocupa. Lo que hace, lo hace a título de coartada. Esto si lo puede entrever y por
eso casi nada de lo que ocurre tiene para él verdadera importancia.
J. Lacan, en esta cita, nos dice que en la neurosis obsesiva el sujeto
sólo es testigo alienado del propio yo. Veamos algunos aspectos:
1.- En el NO la relación con el objeto se produce en la
reciprocidad y en una potencia imaginaria del yo, respecto a la realidad.
2.- Con relación al otro, el neurótico obsesivo no está jamás donde
el instante parece designarle. Los objetos, en tanto que objetos de deseo, están puestos
en función de una cierta equivalencia erótica: erotización de su mundo, especialmente
de su mundo intelectual, pues la estructura de su deseo, implica una equivalencia
permanente (rata-florines, etc.) por un goce ignorado. (El suplicio de las ratas, en el
caso del hombre de las ratas). Y la desaparición del obsesivo como sujeto es
tangible, cuando está en vías de realizar su fantasma, con simulacros de agudeza
erótica.
Esta consistencia fantasmática entra en contradicción con su
genitalidad que es mas bien corriente. Y esto se puede notar en los avatares y los
tormentos que infligen al obsesivo los resortes ocultos de su deseo, pues en el horizonte
de la experiencia del neurótico obsesivo, hay un cierto temor de desinflarse en relación
con la inflación fálica. Fábula de la rana que se infla tanto que revienta.
Hay una alienación al falicismo en la NO, de modo que el
obsesivo sólo se siente a sí mismo ante otra mirada. Pero ser sujeto, es otra cosa
diferente que ser una mirada ante otra mirada. Ser sujeto es tener lugar en Otro. Esto se
expresa en las dificultades del pensamiento en el neurótico obsesivo.
Las relaciones del obsesivo con el deseo, con el otro y con el falo.
La relación del obsesivo a su deseo está sometida a ser evanescente.
El obsesivo no se mantiene en una relación posible con su deseo sino a distancia. Pero
hay también otra cara, la que muestra que el obsesivo, establece una relación con el
otro, una relación que se articula en pleno al nivel de la demanda, ya se trate de su
madre primero y a continuación con respecto a su partenaire.
¿Que sucede sobre el plano de las relaciones del obsesivo con su
partenaire? El obsesivo se empeña en destruir el deseo del otro.
Es en este terreno donde se juega el destino del deseo del obsesivo, y
se articula la relación, el lugar del significante falo en cuanto al ser y al tener en el
obsesivo.
Es sobre lo que se puede llamar la fortaleza de su yo que el obsesivo
se sitúa para tratar de encontrar el lugar de su deseo. El falo no aparece bajo una
fórmula significante, simbólica, sino imaginaria, de complemento de una imagen de
potencia y el surgimiento de la angustia está ligado al temor de la perdida del falo. Es
en ese punto que nace la angustia; la angustia tonta del obsesivo, pues el sujeto no
conoce sus insignias, es decir, de que va disfrazado (Ver referencia de J. Lacan sobre
Goethe); no sabe lo que es como objeto del Otro. Por otra parte, ¿qué es lo que se
encuentra en la experiencia cotidiana? El falo, entre demanda y deseo. Ese falo, que para
que pueda servir al campo del deseo, va a ser necesario que lo pida para tenerlo.
Fuera de esto en el obsesivo la angustia no aflora más que de tiempo
en tiempo, cada vez que no puede ser repetido hasta la saciedad todo el arreglo que le
permite entenderse con el deseo del Otro, ve resurgir, de una manera más o menos
desbordante el afecto de angustia.
A fin de cuentas la solución que percibimos del problema de la
relación del sujeto al deseo en su fondo radical se propone así: el sujeto demanda el
falo y el falo el deseo. Es tan tonto como eso. Es de ahí al menos que hay que partir
como fórmula radical para ver efectivamente lo que se ha hecho de esto en la experiencia.
El obsesivo y el deseo del Otro
¿Qué hace la histérica o el neurótico obsesivo en el lugar del
deseo del Otro como tal?.
La histérica "sabe" que el deseo del hombre es el deseo del
Otro, y que en consecuencia el Otro puede perfectamente suplantarla, a ella, la
histérica, en esta función del deseo. La histérica vive su relación al objeto
fomentando el deseo del Otro por este objeto.
Y ¿Qué es lo que hace verdaderamente el obsesivo en lo que concierne,
al deseo del Otro? Es más astuto, se las arregla haciendo el muerto y creándose un deseo
prohibido. El sujeto tiene el falo, puede incluso exhibirlo en la oportunidad, pero es el
muerto a quien se le ruega servirse de él. Se ve en la historia del "Hombre de las
Ratas" cuando luego de haberse largamente contemplado en erección en el espejo, va a
la puerta de entrada, abre al fantasma de su padre, le ruega constatar que todo esta listo
para el supremo acto narcisístico que es para el obsesivo ese deseo masturbatorio.
En resumen ¿Qué es la obsesión? siempre es algo verbalizado. El
obsesivo es un hombre que vive en el significante sólidamente instalado. El obsesivo pide
permiso para ocultar su intención de dominación y cuando lo obtiene del otro, desfallece
la consideración que ese otro merecía. Pedir un permiso, es justamente tener como sujeto
una cierta relación con su demanda, por cuanto la relación al otro se articula en el
ámbito de la demanda y el deseo es evanescente en la neurosis obsesiva. Un permiso para
el obsesivo es a fin de cuentas restituir al Otro, es meterse en la más extrema
dependencia con relación al Otro. Muchos conflictos con el partenaire, con los
semejantes, en los colectivos, se originan ahí.
El papel de la fantasía, de la hazaña y del acting-out en
la neurosis obsesiva.
La forma en que el obsesivo se comporta con sus semejantes pasa por la
fantasía, la hazaña, el acting out. Sus cristalizaciones identificatorias pasan
por estos registros.
1.- La fantasía tiene que ver con la imagen narcisista, es polivalente
y funciona en el plano de la relación agresiva y de la relación erótica. Esto es lo que
designa precisamente la agresividad del obsesivo, que se articula en el plano de sus
intenciones: no son puras. Ej.: La fantasía sádica.
2.- La hazaña: El obsesivo necesita la presencia del tercero, al que
dedicar su actuación, ya sea en el campo intelectualizado de su mundo, en el campo de su
genitalidad, o en el campo de la guerra abierta con el semejante.
3.- El acting-out, es algo que se produce y que viene de otra
parte y no de la causa sobre la cual se acaba de actuar. Esencialmente, el acting-out
es algo, en la conducta del sujeto, que se muestra. El acento demostrativo de todo acting-out
debe ser destacado.
El pasaje al acto, en cambio es la puesta en acto del síntoma,
pero actuado sin saber lo que se hace. "Dejar caer" es el correlato esencial del
pasaje al acto. Pero, ¿de qué lado podemos ver ese dejar caer? Precisamente, del
lado del sujeto. El pasaje al acto está articulado, en el fantasma, pues el deseo no
presenta una relación subjetiva simple con el objeto. En el momento del mayor embarazo,
el sujeto se precipita desde el lugar de la escena donde sólo puede mantenerse como
sujeto historizado, y cae esencialmente fuera de la escena: implica la fuga del sujeto en
busca de la ocasión para darse importancia. El resultado es la repetición, nos dice J.
Lacan.
Contrariamente al pasaje al acto, todo lo que es acting-out
se presenta con ciertas características que nos permiten aislarlo. Si en el caso de Freud
de la homosexual femenina, la tentativa de suicidio es un pasaje al acto, mientras que
toda la aventura con la dama de dudosa reputación, y que es llevada a la función de
objeto supremo, es un acting-out. Si la bofetada de Dora es un pasaje al acto,
podríamos decir que todo el paradójico comportamiento de Dora es un acting-out.
Las dos formas que fenomenológicamente expresan esta estructura
clínica:
1.- Cuando lo que llega a la conciencia es sólo el contenido
mnémico de la acción-reproche. Es el caso de las representaciones obsesivas típicas, en
las que el contenido es aparentemente conocido y como afecto se siente sólo un displacer
impreciso. El contenido de la representación obsesiva está doblemente desfigurado porque
algo actual reemplaza a lo pasado y porque lo sexual está sustituido por un análogo no
sexual: una representación obsesiva que parece absurda. Ejemplo: el hombre de las
ratas.
2.- Cuando lo que llega a la conciencia es el afecto-reproche a ella
anudado y también reprimido. El afecto de reproche puede transformarse en un afecto
displacentero de cualquier otra índole. Entonces el reproche (por haber llevado a cabo en
la infancia la acción sexual) se muda fácilmente en vergüenza, en angustia
hipocondríaca, en angustia social, en angustia religiosa, en delirio de ser notado, en
angustia de tentación, etc.
Junto a estos síntomas de compromiso, que significan el retorno de lo
reprimido y, con él, un fracaso de la defensa originariamente lograda, la neurosis
obsesiva forma una serie de otros síntomas que se podrían agrupar bajo el título de «defensa
secundaria». Los efectos de esa defensa secundaria permanecen en el inconsciente
(papel en el fantasma obsesivo del odio, del erotismo anal, de la homosexualidad latente,
la agresividad ligada a la relación narcisista), a excepción del "carácter"
donde la represión no entra en acción, sustituyendo lo reprimido por formaciones
sustitutivas y sublimaciones.
En "Las pulsiones y sus destinos" (1915) Freud se refiere la
articulación sadismo-masoquismo (humillación y sojuzgamiento desde la identificación
con el objeto que sufre), ver-ser visto (autoerotismo, --narcisismo--pasaje por el objeto
y retorno al cuerpo propio), actividad-pasividad (del cuerpo del otro al cuerpo propio) en
la neurosis obsesiva y de la excitación sexual que acompaña estas manifestaciones
fantasmáticas.
En estos casos el sujeto es permutado por identificación con un yo
otro, ajeno. Excepto en la trasformación de amor en odio, que se presenta dirigido
simultáneamente al mismo objeto sin abandonarlo en tanto que otro, ya que el obsesivo
tiene como objetivo matar el deseo del otro.
Esta estrategia no exenta de laberintos y recovecos, se presenta bajo
una fachada de actitudes seductoras, insurgentes, impasibles, donde también hay que
captar las angustias anudadas a las realizaciones, los rencores que no impiden las
generosidades. Lacan, comenta, cómicamente, que nos engañaría gustoso con una
menopausia para excusarse de una impotencia sobrevenida. De hecho las redistribuciones de
la libido no se realizan sin costarles a algunos objetos su puesto, incluso si es
inamovible.
El neurótico obsesivo mantiene su deseo como contrabando para
preservar las condiciones de metonimia. De nada le sirve tener un falo, puesto que su
deseo es serlo. Tal coexistencia ofrece también el ejemplo más significativo de una
ambivalencia de sentimientos. Por eso el deseo del NO se mantiene en lo clandestino, no
puede manifestarse sino por artificio, degradación, como significante imaginario (es el
mecanismo perverso) pues de lo que se trata en su deseo se sitúa a nivel del discurso,
entre el fantasma ligado a la función del falicismo y el síntoma. Y bajo esta forma
implica al objeto, al Otro, al falo, a las condiciones de la identificación, es decir a
sus cristalizaciones.
Ambigüedad de la función del amor en el obsesivo: El enigma de la
función de objeto exaltado que representa la negación de su deseo.
¿Qué es ese amor idealizado que hallamos en toda observación de un
obsesivo? ¿Cuál es el enigma de esa función dada al otro?. En todo caso, las mujeres no
se engañan.
¿Qué distinguiría ese tipo de amor de un amor erotomaníaco?. Para
el obsesivo, el amor cobra formas de lazo exaltado porque lo que el obsesivo entiende que
uno ama es una cierta imagen de él; a su vez, entiende que esa imagen él la da al otro,
al punto de imaginar que si esa imagen viniera a faltar el otro ya no sabría de qué
agarrarse. Pero el mantenimiento de esa imagen lo ata a toda una distancia de sí mismo
con lo cual todo lo que hace nunca es para él, en última instancia, sino algo que
percibe como un juego que finalmente sólo benefició a ese otro, a esa imagen.
Que el obsesivo sostenga su deseo como, imposible, quiere decir que
sostiene su deseo en el ámbito de las imposibilidades del deseo. De lo oral a lo anal, de
lo anal a lo fálico, de lo fálico a lo escópico y de lo escópico a lo invocante, eso
no vuelve jamás sobre sí mismo sino volviendo a pasar por su punto de partida.
¿Cómo se comporta el yo cuando su libido deja tras sí, en un lugar
de su desarrollo, una fuerte fijación?. Puede admitirla y entonces se volverá perverso
en esa misma medida o, lo que es idéntico, se volverá infantil. Pero también puede
adoptar una conducta de repulsa frente a ese asiento de la libido, y entonces el yo tiene
una represión donde la libido ha experimentado una fijación.
Amor y odio en la neurosis obsesiva.
La raíz y la estructura de la neurosis obsesiva es la tensión
agresiva, la fijación pulsional. Lo que vemos que sucede en el neurótico obsesivo es
algo aproximadamente así: cada vez que el sujeto triunfa, o tiende a obtener
éxito, en el sentido de que el sujeto asume en cierta medida sus responsabilidades, el
partenaire se desdobla en una relación narcisista de orden mortal. Y basta con entrar, no
ya en la fantasía, sino en la vida real del sujeto para palpar la cuestión. Esto conecta
con la deuda paterna y con la mujer vinculada al síntoma y a la primera identificación.
Lo que se evidencia claramente en el NO con relación al amor es el
aura de anulación con que rodea a la compañera sexual que tiene el máximo de realidad,
--la misma hacia la que en otro tiempo puede haber manifestado la máxima exaltación del
amor-- y, por otra parte, la idealización de un personaje que desdobla al primero,
perseguido de manera fantasmática, y que impulsa a la identificación en una vivencia de
relación narcisista para el sujeto. Es decir, anula el deseo de la compañera sexual y se
introduce en una relación narcisista mortal.
Y bien, respecto a este desdoblamiento en el amor y la sexualidad,
respecto a ese objeto del amor desdoblado, el sujeto obsesivo se vive excluido de sus
propias vivencias, extraño al rasgo perverso, al punto de sentirse "ofendido"
cuando le retorna del partenaire privilegiado un límite a su acción. En esta forma muy
especial de desdoblamiento narcisístico reside el drama personal del neurótico. En el
siglo XXI las formas de pagar las consecuencias se ha adecuado a la realidad social, al
menos en occidente. Por otra parte, las relaciones complejas entre amor e identificación
y amor y pulsión, no pueden dejar de ser consideradas.
El amor expresa el intento por alcanzar los objetos en cuanto fuentes
de placer y cuando el vínculo de amor con un objeto determinado se interrumpe, no es raro
que lo reemplace el odio. En tales casos el odio, que tiene motivación real, es reforzado
por el sadismo fantasmático del obsesivo, de suerte que el odiar cobra un carácter
erótico y se garantiza la continuidad de un vínculo de amor. En esta dialéctica, este
odio puede después acrecentarse convirtiéndose en la inclinación a agredir al objeto,
con el propósito de aniquilarlo.
En resumen, podríamos decir que el amor y la pulsión se excluyen. Del
lado pulsional, el objeto puede resultar placentero: me gusta, lo aprecio, lo encuentro
agradable, o displacentero cuando amenaza al yo, pero del lado del amor (incluido el odio)
se trata de otra cosa. Amor y odio, no mantienen entre sí, por consiguiente, una
relación simple.
La infidelidad del neurótico obsesivo.
El neurótico obsesivo permanece ligado a sus objetos por una
infidelidad constante: presenta a la vez imposibilidad de abandonar ninguno de sus objetos
y tiene extrema dificultad de mantenerlos.
Veamos esto sobre el fondo de "Inhibición síntoma y
angustia". ¿Qué nos dice Freud en este texto?
1. El NO vive en el espejismo de su amor propio, creyendo que
él sería mejor que otros. Esto repercute en sus actos.
2.- El yo incorpora el síntoma y refuerza la fijación del mismo.
3. Cuando el NO entra en análisis, el yo lucha para incorporar
el síntoma o librarse de él.
4. El vinculo del NO con el objeto femenino está alterado de
origen por una seducción prematura, de aspecto pasivo para el NO que es
reconducida en su contrario.
5. Los síntomas de la neurosis obsesiva son en general de dos clases,
y de contrapuesta tendencia. 0 bien son prohibiciones, o por el contrario son
satisfacciones sustitutivas, con disfraz simbólico.
6. En la NO se ha producido en algún momento una
desvalorización real de la vida genital.
7. En la NO se ve con más claridad que en la histeria que el
complejo de castración es el motor de la defensa, y que la defensa recae sobre las
aspiraciones del complejo de Edipo.
8. La pubertad introduce un corte tajante en el desarrollo de la
neurosis obsesiva. Por una parte se reaviva la agresividad y por la otra, la libido sufre
una regresión.
9. Hay neurosis obsesivas sin ninguna conciencia de culpa.
1O. La tendencia general de la formación de síntomas en el caso de la
neurosis obsesiva consiste en procurar cada vez mayor espacio para la satisfacción
sustitutiva a expensas de la denegación. Para ello el NO. emplea todos sus
recursos intelectuales; y más aún, la actividad de pensamiento aparece erotizada. Las
tres técnicas que emplea son la formación reactiva, el anular lo acontecido y el
aislar. El NO en el curso de su trabajo de pensamiento tiene que defenderse de la
injerencia de fantasías inconscientes y la exteriorización de las aspiraciones
ambivalentes.
11. En tanto procura impedir asociaciones, conexiones de pensamientos,
el yo obedece a uno de los más antiguos y fundamentales mandamientos de la neurosis
obsesiva, el tabú del contacto.
12. La angustia no es cosa simple de aprehender, es un afecto que no
engaña y tiene que ver con la castración (no como puede creerse con la perdida o la
separación del objeto). Lo característico de la neurosis obsesiva es justamente el
aflojamiento de los vínculos de objeto, la facilidad para el desplazamiento en la
elección de objeto.
Poesía y verdad en la neurosis obsesiva.
J. Lacan en clara referencia a Goethe y para hablar del mito individual
del neurótico se interroga sobre los efectos del padre en el obsesivo.
Retoma lo que Freud dice en la "Metapsicología" de 1915
respecto al amor al padre y la represión consiguiente. En la histeria se provocan
extensas formaciones sustitutivas con gran éxito, por medio de los síntomas de
conversión o la angustia. En cambio en la neurosis obsesiva, el amor al padre se
reemplaza por un impulso sádico y hostil y como formación sustitutiva hallamos una
alteración del yo en la forma de unos escrúpulos de conciencia extremos, lo cual no
puede llamarse propiamente un síntoma. Divergen entonces formación sustitutiva y
formación de síntoma.
En la neurosis obsesiva el trabajo de la represión desemboca en una
pugna estéril e interminable. La frustración del objeto genera la renuncia al objeto
real y la libido sustraída del objeto real pasa a revestir un objeto fantaseado, pero
Freud nos subraya que la investidura del objeto real es retenida en la neurosis obsesiva
de modo imperturbable. Lacan citará dos ejemplos: El hombre de las ratas y Goethe,
en referencia al tema de la creación literaria.
Veamos la referencia a Goethe para aprehender el desdoblamiento
cuaternario: "En el episodio de juventud relatado en 'Poesía y Verdad',
Goethe con conmoción profunda y con la infatuación propia de una avasalladora
adolescencia, más bien una megalomanía delirante, recibe la maldición sobre el beso
como algo que en lo sucesivo le cierra el camino a las relaciones amorosas y sólo con
Federica Brion logra por primera vez superar la prohibición, y siente la ebriedad del
triunfo después de esta aprehensión de algo más fuerte que la asunción de sus propias
prohibiciones interiores". "Y entonces, sorpresivamente, Goethe abandona a
Federica y ese abandono es una manifestación neurótica". J. Lacan, con esta
aseveración, pero disculpándose al mismo tiempo con el poeta, pues no trata de ofender a
este genio de la literatura, emprende la reflexión sobre el amor de Goethe por Federica.
Lacan nos pone sobre la pista de toda clase de detalles enigmáticos en
la forma en que Goethe aborda esta aventura con Federica Brion. Nos dice que la clave, la
solución del problema se encuentra en los antecedentes inmediatos. Disfraces, de
estudiante de teología, de mozo de posada que lo colocan de subyugado del padre, no de
héroe principal, pero que al mismo tiempo le producen mucho divertimento por la
estructura de engaño que representa. Y todo esto sostenido por una idea delirante
sobre su derecho a armonizar, a organizar sus recuerdos, con toda clase de ficciones que
para él colman lagunas.
De manera que toda esta ceremonia aparece en verdad no sólo como un
juego, sino mucho más profundamente como precaución, y se sitúa en el registro del
desdoblamiento de la propia función personal del sujeto en relación con él mismo -en
las manifestaciones míticas del neurótico-. Goethe actúa así, abandona a Federica,
debido a que en ese momento tiene miedo.
Lejos ya de ese momento en que Goethe logra acceder al objeto,
deshaciendo la maldición, no le queda más que temer la realización de ese amor, lo que
propicia la huida. Y dice Lacan que no por desencanto o desamor, sino por la corriente
infinitamente más profunda que es la de la huida, de la ocultación ante el objeto,
desdoblado de nuevo, en una alienación consigo mismo, en dos objetos, para acceder a un
destino mortal e imposibilitar así alcanzar el fin deseado.
¿De qué se trata este desdoblamiento, esta estructura cuaternaria,
que reencontramos tan profundamente en el carácter de los impasses, de las
insolubilidades de la situación vital de los neuróticos obsesivos?
1. Freud nos dice que se trata de la prohibición del padre y el deseo
incestuoso por la madre con todo lo que pueda comportar como efecto de barrera. El padre
es el representante de los goces pacíficos basados en el amor por la madre, pero también
es un padre carente y discordante con su función y en esa desviación reside ese algo que
hace que el complejo de Edipo tenga su valor también patógeno.
2. No menos importante que la manifestación de la función simbólica
del Edipo en la formación del sujeto es la relación narcisista, relación fundamental en
todo el desarrollo imaginario del ser humano, en tanto se vincula con lo que puede
denominarse la primera experiencia implícita de la muerte. Una de las experiencias más
fundamentales, más constitutivas para el sujeto es la de esa cosa extraña a él mismo en
su interior que se llama yo.
3. En el caso de los neuróticos, es muy frecuente que el personaje del
padre, por algún episodio de la vida real, sea un personaje desdoblado, y eso suministra
un soporte histórico totalmente real, para culminar en el cuarteto mítico. Ejemplo: ese
amigo desconocido y nunca vuelto a encontrar que desempeña un papel tan esencial en la
leyenda familiar del "Hombre de las ratas". El cuarto elemento, es ese amigo del
padre donde se instala la deuda paterna.
Los goces pacíficos y patógenos del Edipo, la constitución
narcisista del yo y la deuda paterna constituyen pues, ese cuarto elemento en juego que es
la representación de la muerte en su dimensión simbólica, imaginaria y real.