Menade

Jornada de la Escuela de Psicoanálisis
de los Foros del Campo Lacaniano

(EPFCL)

Valencia, 28 de febrero de 2009
Locales de ADEIT: Calle Virgen de la Paz, 3 - Valencia 46001

 

AVATARES DEL SÍNTOMA EN LA EXPERIENCIA ANALÍTICA

Preludios

 

 

 


Nº 1 Rithée Cevasco: Destinos del síntoma

Nº 2 Mª Luisa de la Oliva: Avatar.

Nº 3 Clotilde Pascual: Lo  incurable al final de la cura analítica.

Nº 4 Manel Rebollo: De los síntomas al sinthoma: un proceso de desotrificación.

Nº 5 Juan del Pozo: El lenguaje tapa. El inconsciente ex-siste.

Nº 6 Ramón Miralpeix: El síntoma desde Freud hasta nosotros.

Nº 7 Manuel Baldiz: Usos y formas del síntoma

Nº 8 Victoria Torres: El síntoma y el saber medio de goce

Nº 9 Angels Petit: Los avatares del síntoma en la infancia

10  Rebeca García: Donde estaba lo real…

Nº 11 Carmen Lafuente: El teatro de la felicidad.

Nº 12 Miquel Angel Fabra: Un avatar infantil

Nº 13 Sabino Cabeza: Vicisitud y contingencia

Nº 14 Xavier Campamà: El análisis del síntoma es tributario de la concepción del final del análisis

Nº 15 Joan Salinas: La extracción del plus de goce.

Nº 16 Daniela Aparicio: ¿Nuevos síntomas?

Nº 17 Palmira Dasí Asensio: Más allá del síntoma.

Nº 18 Mikel Plazaola: Avatares del síntoma en la experiencia analítica... O lo analítico como síntoma en los avatres de la experiencia ... actual 

 

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Pr. 1 Destinos del síntoma

Rithée Cevasco - Barcelona, diciembre 2008

 

Abrir una jornada bajo el título, "Los avatares del síntoma en la experiencia analítica" nos emplaza de entrada a la multiplicidad de los destinos posibles del síntoma.

Que tratemos del síntoma en la experiencia analítica requiere que en un primer tiempo restrinjamos el uso semántico posible del concepto de síntoma que como sabemos es mucho más amplio que el que recortamos con la experiencia psicoanalítica. En efecto, si tratamos el síntoma en la “experiencia analítica” hablamos del síntoma en tanto completado por el analista, el síntoma en tanto enlazado al sujeto supuesto saber, el síntoma, pues, en la transferencia soportada en el lazo social del discurso del analista. Fuera de la experiencia analítica sobreviven el amplio campo de los síntomas tratados por otros discursos y otras disciplinas.

La invocación de los “avatares” nos pone de entrada sobre la pista de las mutaciones que encuadra la experiencia: síntoma a la entrada y  síntoma a la salida. En el más acá de la entrada proliferan los síntomas que podemos situar como síntomas del sujeto de la “normalidad,” el que J. Lacan sitúa en su Seminario del Acto Analítico (habla ahí de “sujeto natural”), como el que se afirma en un “Yo soy” que comporta un rechazo del inconsciente. En el borde del final de la experiencia se produce otra mutación con el eventual advenimiento de lo que fue elaborado como le “sinthome”.

El cambio de escritura del “síntoma” por el “sinthome” es la marca que apunta a esa variación del síntoma que sin embargo mantiene su necesariedad en tanto respuesta de la “falla” estructural en lo concerniente al real del que se ocupa el psicoanálisis, el real sexual.

En el paréntesis que es el de la duración de una cura, múltiples avatares del síntoma pueden emerger, en la diversidad de sus manifestaciones a medida que van desgajando sus envolturas.

Las mutaciones del síntoma en la experiencia pueden, por lo menos, para ordenar en parte esa variación referirse a dos vertientes.

En el plano de las significaciones sus variaciones responderán al vaciamiento de la significación fantasmática que lo organiza en su relación al Otro, vaciamiento de esa significación que de una manera u otra siempre es formulada como suposición de que el goce del Otro es causa del malestar padecido. En el plano del significante es el despliegue de los significantes amos del sujeto que permitirán ese anudamiento-desanudamiento como operación sobre el síntoma tal como lo explicita sintéticamente J. Lacan en su intervención a la Televisión en l973.

Lo que da consistencia al síntoma, vale decir lo que insiste en su repetición, es un “nudo de significantes”. “Anudar y desanudar no debe ser tomado como metáforas lo que aclara, pues, que esos nudos “se construyen realmente” puesto que forman cadena a partir de la materia significante.

Respecto al trabajo del análisis en el plano de la significación, sabemos que podemos obtener lo que hemos venido denominando en nuestra tradición lacaniana y a pesar de que J. Lacan no enfatizara esa expresión, la “travesía del fantasma” que limpia, por así decir, al síntoma de su anudamiento a la significación fantasmática del goce del Otro, pero también hemos aprendido que esto no es suficiente para que se opere una reducción del núcleo de goce que persiste patológicamente (vale decir con sufrimiento) en las repeticiones sintomáticas. Esta vertiente será objeto de las elucubraciones de J. Lacan sobre todo en el último período de su enseñanza, y muy particularmente en su seminario XXIII: “Le Sinthome”.

Propondrá una nueva “versión” del síntoma cuando situará como final posible de un análisis ese momento en que el sujeto “se identifica a su síntoma”. Sin entrar a comentar lo paradójico que puede resultar esa invocación de una “identificación” al final del análisis, aunque es fácil concebir que J. Lacan se inspira en contra de la concepción posible de una identificación al analista, el síntoma así concebido retorna al estatuto de un síntoma no incluido en la transferencia, que habiendo pasado por la experiencia no es retorno al estatuto del sujeto de la “normalidad” mencionado más arriba.

Qué relación con el inconsciente se obtiene con esta producción de un sujeto identificado a su síntoma? Y aún más: ¿qué estatuto dar a ese inconsciente fuera de transferencia? ¿Al estatuto “real” del inconsciente? ¿Qué satisfacción perdura con el goce del síntoma liberado de toda “patología”? Y si el sujeto así advenido opta por la posición del analista, qué relación entre ese su síntoma y su deseo de analista? Son algunos interrogantes que podrán desplegarse a lo largo de estas jornadas, sabiendo que sólo podremos avanzar paso a paso en el desbrozamiento de las transformaciones del síntoma en la experiencia analítica y en despejar la particularidad del “síntoma” como producto final de un análisis como anudamiento de las dimensiones RSI que dan cuenta de la estructura del ser hablante, no reducido únicamente a su estatuto de sujeto del inconsciente y en donde juegan a parte entera la dimensión de lo imaginario y de lo real.

 

Pr. 2 Avatar

María Luisa de la Oliva - Madrid, diciembre 2008

 

Avatar es la encarnación terrestre de un dios, especialmente referido a Vishnú que en total tuvo 10. Cada avatar  desciende para llevar a cabo una misión diferente, ayudar a  los seres humanos tomando formas diversas,  de ahí que en el lenguaje popular se refiera al aspecto nuevo de una cosa cambiante.

"Avatares del síntoma" se puede tomar  en el doble sentido, tanto  de sus variaciones propias : “jeroglíficos de la histeria, blasones de la fobia, laberintos de la zwangsneurose; encantos de la impotencia, enigmas  de la inhibición, oráculos de la angustia; armas parlantes del carácter, sellos del autocastigo, disfraces de la perversión"*, es decir, variaciones, variedades sintomáticas en función de las estructuras clínicas siempre subsidiarias de los cambios de discurso y por consiguiente, de cuál sea el agente que comanda en cada momento de la historia. Así, habrá  diferentes “modas” del síntoma. Por cierto,  algo a pensar es qué pasará con los síntomas que están de “moda”  ahora que el capitalismo de ficción ha llegado a su límite y se habla ya de una refundación del capitalismo.

También se puede tomar  como las declinaciones de  Lacan respecto del síntoma,  que son contemporáneas de su variación del inconsciente hasta llegar al inconsciente real.

En el análisis  síntoma y  castración se encarnan de manera variopinta en su recorrer, pues  lo real  necesita ser vestido, recubierto para poder “descender” al reino de lo simbólico. Gracias a esa virtud polifacética, de camuflaje,  se va haciendo el trabajo de a-nuda-miento y des-a-nuda-miento, de empalmes y suturas,  a través del artificio de  la palabra y  su silencio pivotadas en torno al "Sujeto supuesto Saber", hasta que cae, hasta que se cae en aquello que justamente no cambia nunca, y  que es lo real, lo que no tiene ni ley ni orden, ni concierto, simplemente ex_ siste. Es el hueso duro de roer, el objeto de cada cual,  des-avatar del síntoma.

Entonces, la morada de dios de donde partían los avatares de Vishnú para ayudar al hombre en sus desgracias, está  vacía, agujereada, a partir de lo cual el asunto es ¿qué hacer con eso?

* J. Lacan, Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis.



Pr. 3 Lo incurable al final de la cura analítica 
Clotilde Pascual - Barcelona, diciembre de 2008.

En las modulaciones del síntoma en la cura analítica, voy a desarrollar más lo que sería el final de dicha cura, la llamada identificación al síntoma. Es un tema que ya he trabajado otras veces y que, lejos de darlo por concluido, me produce interrogantes, que espero que se puedan debatir en estas jornadas.

Sabemos que el síntoma que el sujeto trae al análisis es la forma en que goza de su inconsciente, que una vez anudado a la transferencia producirá el síntoma analítico, que se articulará al fantasma y acabará por quedar al final del análisis como un resto de goce. Este resto de goce será lo singular de este sujeto, donde una vez vaciadas de sentido las significaciones, y atravesado el fantasma, quedará como el esqueleto del síntoma, letra donde aparece el estilo gozante del sujeto. Es lo que se conoce también como el Nombre propio del Goce del sujeto, del que ya Freud nos dio muestras con sus casos del Hombre de las ratas y del Hombre de los lobos.

En los testimonios del pase que he podido leer, los pasantes dan a este resto diversos nombres: salida del síntoma, destino del síntoma, construcción de un síntoma nuevo, pero tomando como matriz el síntoma de origen, destino de la pulsión, construcción de un saber cómo invención, lo incurable, letra de goce.

Formas diversas de acercarse a ese real que constituye, al final del recorrido analítico, aquello imposible a decir y que sin embargo continuará operando para el sujeto, aunque este sujeto ya no esté sometido a la demanda del Otro como al principio de su experiencia analítica.

 Lacan articuló y trató de acercarnos en su enseñanza a este tema, en diversos textos. Uno de ellos es el Seminario Une bevue del 16 de noviembre de 1976 que se puede leer en Ornicar 12-13, las páginas 4 a la 9. En ellas sitúa que el final del análisis es esta identificación al síntoma que es diferente de una identificación al yo o al inconsciente del sujeto.

Nos dice que estriba en un “saber hacer con el síntoma”. Añade que esto que es un poco escueto,  se ha esforzado en hacerlo llegar a los analistas de su Escuela.

En efecto en 1967, con La Proposición sobre el analista de la Escuela, el final del análisis era con el atravesamiento del fantasma, y la separación en relación al objeto a, un final teorizado sin resto sintomático. En 1976 Lacan complementa esta forma de entender el final del análisis. Nos va a decir que una vez atravesado este fantasma, el sujeto va a producir un saber sobre el síntoma como núcleo de goce, que le va a producir una satisfacción.

Podemos preguntarnos que tipo de satisfacción es esta, y he ido a  un artículo titulado "Los fines propios del acto analítico", de Colette Soler. En este texto, dice que se trata de una satisfacción ligada a una restauración de una suplencia sintomática distinta a la del síntoma en la transferencia. Lo define como un síntoma en donde se anuda lo real del cifrado (la letra) que tiene que ver con lo simbólico, y lo real del objeto a, que tiene que ver con lo imaginario. Este anudamiento de registros produce una transformación del síntoma que pasa de ser metáfora del sujeto como era al principio del análisis a síntoma como signo, como nombre, siguiendo lo que Lacan comentaba en el Seminario Real, Simbólico e Imaginario, un nombre que da una definición a lo que es el goce del sujeto al final de la cura.

Es en este Seminario RSI de 1974-1975, y el del Sinthome de 1975-1976, que Lacan  tratará del síntoma como escritura de lo real, y que extraerá lo esencial de la Identificación al síntoma que expondrá en el Seminario citado antes de L´Une bevue de 1976.

En el seminario RSI, se sirve de la escritura para decir que la función del síntoma f(x), es lo que del Inconsciente puede producirse por una letra, letra que lleva una marca de goce, y que es lo que se lee de lo que se oye como significante. Es decir que es un efecto del discurso como escritura donde se articula el significante y lo que llama la sustancia gozante. La letra es así lo que no cesa de escribirse y es la unidad elemento, que puede escribir no importa que significante en tanto que goza del inconsciente y que produce la insistencia  del síntoma.

Es el Seminario del Sinthome, que Lacan responde a como dar un límite a eso que no cesa de escribirse, y es a través de la escritura de James Joyce que nos muestra el uso de la letra vaciada de la significación.

Es en este Seminario que designa con este nombre de sinthome, el resto sintomático del neurótico al final del análisis en que el saber sobre el síntoma se ha descifrado y se ha vaciado lo más posible de sentido gozado, quedando los significantes vaciados de goce, y reducidos a letra, o signo.

 Como conclusión, las preguntas:

 ¿Se podría decir que este sínthome del final es el síntoma reducido a lo real entendido como lo imposible a decir, es decir ese No se más, soy… el Nombre del goce singular de cada cual?

¿Podemos pensar que en la experiencia del análisis habría dos etapas, una en que el sujeto descifra su inconsciente, se separa del objeto de su fantasma, es decir se destituye al separarse de lo que le daba sus identificaciones fundamentales: los significantes amos y el fantasma, y una segunda en que se identifica de nuevo pero no con sus identificaciones de antes sino con el nombre de lo singular de su goce, con ese llamado resto sintomático?

Es por estas dos etapas, ¿que se puede deducir  la diferencia entre pase clínico y final de análisis?

Si llamamos a este resto sintomático, lo incurable, ¿qué destino para ese incurable? ¿Es lo que se puede decir como la invención propia a cada sujeto al final de la cura, en su construcción de su vida, su estilo, su forma de relacionarse con los demás sujetos?

¿Cómo decidir en el análisis de ese incurable del sujeto? ¿Si no se calibra bien ese incurable, no hay el peligro de una fijación de goce para el sujeto? Esta fijación, ¿puede hacer obstáculo para la conducción de las curas?

 ¿Cómo llamar a esos significantes vaciados de goce que constituyen ese incurable?

 ¿Puede un analista, que no ha llegado a ese incurable en su propio análisis acompañar a su analizante hasta ese momento?

Por último, ¿qué consecuencias en la institución analítica tiene ese real, incurable de cada sujeto que compone esta institución?

Estas preguntas  me han surgido, en relación a lo que había trabajado en el pasado y por las últimas Jornadas de la Escuela (EPFCL) –Francia, en Paris el 27 y 28 de Diciembre tituladas El Campo lacaniano y el psicoanalista, en particular en torno a las ponencias de Luis Izcovich y de Colette Soler. Creo que sin duda, algunas de estas cuestiones serán tratadas en las  ponencias sobre los Avatares del síntoma en la experiencia analítica, de nuestras próximas Jornadas en Valencia el  27 y 28 de Febrero.

 Bibliografía:
J. Lacan: Proposición para un analista de la Escuela. 1967.
J. Lacan: Seminario 1976-1977: Ornicar 12-13, páginas 4 a la 9.
J. Lacan: Seminario 1974-75: RSI.
J. Lacan: Seminario 1975-1976: Sinthome.
C. Soler: Los fines propios de acto analítico. Finales de análisis. Editorial Manantial. 


Pr. 4 De los síntomas al sínthoma: un proceso de desotrificación.

Manel Rebollo - Tarragona, Diciembre 2008 


Los primeros coqueteos de Lacan con el psicoanálisis dieron un primer producto muy aceptable: "El estadio del espejo como formador del yo…". En él nos plantea lo deficitaria que nace la cría de humano si la comparamos con cualquiera de las otras especies que pueblan la Tierra. No es de extrañar entonces que sólo para ese ser humano, tan faltado de recursos en su advenimiento, la “falta” le sea constituyente. Hasta el punto que la ofrece al Otro cuando se encuentra con él (con lo que le “hace falta” al Otro) como lo más preciado de su ser. Es así como el sujeto constituye su síntoma: su respuesta primera al Otro, ese Otro que se le hace tan necesario para poder subsistir, dada su precariedad original. Así pues, el síntoma es el resultado del primer tropiezo del patoso hombrecito (cuatro patas según la respuesta de Edipo a la pregunta de la Esfinge) con su Esfinge particular. Pues lo primero que se habrá preguntado (a través del Otro) el joven sujeto es Chè vuoi?: ¿Qué me quiere? Y esa pregunta no formulada encuentra su respuesta por adelantado en el síntoma. Así pues, en la medida que ofrece lo que le falta al Otro, el síntoma es ya una primera prueba de amor.

Pasión por el Otro –ciertamente justificada- es lo que destila el síntoma desde su inicio, o los síntomas, que no son pocos los que el sujeto va ofreciendo a lo largo de su existencia según va encontrándose, tropezándose con las distintas figuras del Otro.

Ya Freud nos contaba lo inevitable que era el malestar del encuentro de cada humano con la civilización, nuevo nombre del Otro, que le requiere renuncias a cambio de una escasa cota de seguridad y alivio, pues él solo, como ya sabemos, a penas duraría unas pocas horas en el mundo. Pues bien, el síntoma que “hace” al sujeto en su ser le depara como resto ese malestar, precio que debe pagar para ser. Y el síntoma es para/ser: para/ser de la relación sexual, la única parte de lo real que no puede llegar a formarse del ser. Con su síntoma, el sujeto aspira a una proporción sexual: reencontrar el Otro, su Otro.

Ese malestar encontró un mejor nombre en Lacan: el goce. Y el sujeto acude con sus síntomas al analista para poder liberarse del goce, cuando menos de la parte que le duele del mismo. Los recorridos de un análisis le permiten incorporar al analista a su síntoma, mutándose en esa nueva forma que llamamos “síntoma analítico”, donde es el analista, semblante de a, quien en adelante cause su decir: decir para formular esa pregunta  a la que el síntoma respondía precipitadamente. Las vueltas de ese intento le procuran al sujeto un nuevo síntoma, más reducido, más “acorde”, pero menos gozante, menos dedicado al Otro, menos. Se trata de lo que le queda al sujeto de ser cuando ya no llama al Otro para prenderse de él, aunque conservando ese mínimo de marca que le hizo ser. Pues no hay otra forma de ser para el sujeto que marcado por ese tropiezo con el Otro. Arribar a ese puerto del menos le conmina a entregar de nuevo su castración, pero ya no para ofrecerla al Otro, sino para hacerse cargo de ella en su deseo. Éste, si bien también fue deseo del Otro, le permite nuevos encuentros con los otros del lado de la separación, separación de ese a un poco más asegurada. Así pues, el nuevo síntoma que se constituye, al que el sujeto se identifica, el sínthoma, requiere todo un proceso de desotrificación que le asegure de una vez que ya no se va a prometer a la relación sexual. Su síntoma es un saber en acto: sabe que no hay la relación sexual. Así pues, se trata del recorrido inverso de lo que se formula en el título del Seminario XVI: del Otro a un otro, tal vez incluso a algunos más.

 


Pr. 5 El lenguaje tapa. El inconsciente ex-siste.

Juan del Pozo - San Sebastián, diciembre de 2008


El inconsciente es un efecto del lenguaje. Porque somos seres hablantes tenemos un inconsciente, un inconsciente que opera sin aún nosotros saberlo, y opera para el goce.

Los síntomas son lo que de ese inconsciente somos capaces de llegar a sentir como algo que nos afecta en el cuerpo.

Hacer el desciframiento de los síntomas, acceder a su sentido es lo que a partir del descubrimiento freudiano permite iniciar el trabajo de desbaste del padecimiento del síntoma. Pero atención, el síntoma que revela ese saber inconsciente a partir de su descifrado, nos ofrece nuevas pantallas tras lo que se escamotea lo real del descubrimiento de Freud, el no hay relación sexual que pueda inscribirse en el inconsciente.

El inconsciente cifra y su desciframiento nos revela el sentido sexual de los síntomas. De la fascinación del sentido hay que precaverse, pues no es sino otra forma de goce, goce que es lo que alimenta la sed de sentido del síntoma. ¿Entonces qué esperar del análisis?

Lacan resitúa lo real en juego: el sentido se reduce al no sentido de la relación sexual.

El lenguaje es el resultado de aplicar el saber al mar extenso de la polisemia de lalengua. Esta equivocidad de lalengua, esta polisemia (irreductible a la pretendida unívocidad de una transparencia del sentido) en la que el hablante está inmerso, “impregnado”, deja en el sujeto marcas, marcas del deseo de los padres: la manera en que ha sido instilado un modo de hablar, no puede sino llevar la marca bajo el cual lo aceptaron sus padres  (Lacan, “Conferencia en Ginebra sobre el síntoma”) y ya ese niño con el lenguaje que lo baña podrá hacer como “una criba”, mediante la cual algo del paso del lenguaje dejará los restos con los que se las tendrá que arreglar en tanto que le permitirán tratar esta relación traumática con el Otro. Porque el síntoma es finalmente rechazo de ese real de la no relación sexual y el inconsciente cifra el poco de goce al que podemos acceder para no despertar y seguir durmiendo.

¿Cómo ir más allá del inconsciente que cifra y goza de un aparente sentido sexual que no es sino imaginario para proteger el deseo de dormir? ¿Cómo acceder a una dimensión del inconsciente que permita vislumbrar otra satisfacción diferente de la que alimenta el goce patológico del síntoma?

Lacan en la lección del 20 de noviembre de 1973 del Seminario Los no engañados yerran ubica el problema que ha  orientado su trabajo en  la última parte de su enseñanza. El problema es que el lenguaje tapona ese agujero de la no relación sexual: “(el lenguaje) tapa … el acceso del ser hablante a algo que se presenta efectivamente, como en cierto punto que toca a lo real, allí, en ese punto se justifica que yo defina lo real como lo imposible, porque allí justamente, no ocurre nunca –es la naturaleza del lenguaje- no ocurre nunca que la relación sexual pueda inscribirse”.

Como respuesta a este problema Lacan se interesa por la clínica borromea, donde simbólico y sinthome se desdoblan y donde es posible, a partir de la teorización de los nudos,  entender que es preciso un cuarto término, el sinthome, para que la estructura, el inconsciente, se especifique, se pueda nombrar la relación singular al goce del inconsciente de cada cual sin que los efectos simbólico imaginarios del lenguaje lo recubran con la ficción de un Otro que sabe. Así del inconsciente que permanece bajo la forma de la suposición de saber del Otro podremos pasar –no sin el trabajo previo y necesario de la transferencia – a los efectos de ese agujero: no hay Otro del Otro y si un goce particular del modo en que la letra marcó a cada cual.

Estas Jornadas de Valencia  serán la ocasión para poder tratar entre todos estas cuestiones que suponen la posibilidad de emergencia de una nueva relación al inconsciente, y de una nueva posibilidad para el sujeto de producir  ese sinthome donde se cierna mejor su relación inconsciente a lo real.


Pr. 6 El síntoma desde Freud hasta nosotros.

Ramón Miralpeix - Barcelona, diciembre 2008

Freud nos enseñó acerca del síntoma algunas cosas que siguen teniendo toda su vigencia. De ello haremos punto de salida para nuestro preludio.

a) El síntoma es un mensaje. Sabemos que con la pregunta de Freud: “¿qué significa, qué quiere decir?” formulada sobre el síntoma histérico, se inauguró el psicoanálisis. Entonces, partimos de una premisa: si cifra algo -puesto que cifra (1) - el síntoma es susceptible de ser descifrado. En este caso, está clara la dimensión “socializante” del síntoma, pues es con “el síntoma” con lo que nos relacionamos con los otros. En este sentido otros colegas ya han introducido la cuestión de sus avatares en relación con los otros, por las modas, por los nuevos vestidos con los que las nuevas tecnologías permiten tejer el síntoma. En un sentido más específico, es con el síntoma, a través del síntoma, por el síntoma, que (nos) analizamos.

b) El síntoma es una solución de compromiso en relación a un conflicto. En un primer tiempo se trata de un conflicto entre un deseo inconsciente y la “imposibilidad” de llevarlo a término en la realidad. Al final, para Freud, el compromiso necesario es entre dos actores de mucho más calado, la vida y la muerte. Sabemos que el concepto que Lacan nos legará, y que va a permitirnos abordar con mayor claridad la repetición y la pulsión de muerte, será el concepto de goce. Y en su centro, un núcleo de goce seco, desnudo, irreductible que el síntoma debe vestir, que el síntoma no puede dejar de vestir -conocemos lo que ocurre cuando al psicótico se le desprende el vestido y el goce aparece desnudo: el vacío por el desamparo más radical del sentido. Como solución de compromiso, el síntoma es también, pues, una modalidad de gozar -limitadamente.

El título de nuestras jornadas, “Avatares del síntoma en la experiencia analítica”, sostiene una tesis y una pregunta. La tesis podría formularse simplemente diciendo que pasan cosas con el síntoma -quizás el sujeto se refiera inicialmente a síntomas- entre la entrada y la salida del análisis. La pregunta se referiría a la especificidad del síntoma a la salida. En el interior del análisis, se trata por una parte de un proceso de destejer, de tirar del hilo, de modo que se desmantelan identificaciones, se atraviesan fantasmas... aunque, ¡ay!, como Penélope, el inconsciente no puede dejar de tejer.

¿Cómo hacer entonces para poder atrapar cómo, para cada uno, este núcleo de goce seco se engarza a su cuerpo? Atrapar este engarce, esta marca primaria, fundante, conlleva un saber original que modulará para siempre el vestido que seguirá tejiendo el inconsciente, con un saber de dos cabezas:

1.- el ateismo propio del encuentro con el significante de la falta en el Otro -S(A/), y la soledad del encuentro con su desamparo, lo incurable; y

2.- el vestido del síntoma es necesario, pero puedo “elegirlo”. De eso se trata -entiendo- con el “saber hacer” con el síntoma que nos indica Lacan como índice de la salida del análisis. Pero volviendo a la pregunta de cómo hacer para atrapar el punto de engarce, si el análisis debe transcurrir por el camino necesario -puesto que sólo es a través de él que puede sostenerse la transferencia por el Sujeto supuesto al saber- de designificación/resignificación, otro camino, contrario, se impone: un camino que no es el del sentido, sino el del acto, el acto analítico, puesto que el acto apunta al goce. El acto no es que sea insensato, sin-sentido, sino que sólo puede ser a-sentido, fuera de sentido, y por ello ir en la dirección del “a”, la letra que para cada cual inscribe el trauma del encuentro con el goce.

Las preguntas planteadas por Clotilde Pascual son especialmente pertinentes para nosotros, especialmente la última: ¿qué consecuencias tiene para la institución que los acoge, lo real incurable de los sujetos que la componen? Porque nos encontramos con una paradoja: el sujeto que ha pasado por esta experiencia, a pesar de ser más libre a la hora de “elegir” su síntoma, es más intransigente en cuanto al mismo. ¿Accederá a ceder parte de su goce particular, en pos de la Escuela, de la comunidad de los que, como él, han decidido coparticipar de ese saber?

(1) Este es el espejismo que introduce el lenguaje en el síntoma: “puesto que cifra, cifra algo”. Es el fundamento de la creencia en el sentido: lo que puede ser leído -cualquier cosa puede ser leída- debe tener sentido.


Pr. 7 Usos y formas del síntoma
Manuel Baldiz -  Barcelona, diciembre 2008.

El interesante asunto que nos convoca puede ser abordado desde numerosas perspectivas. Contamos además con una amplísima bibliografía respecto del síntoma y sus avatares. Cuando muchos de nosotros estábamos todavía en la Escuela Europea de Psicoanálisis, la sección de Cataluña organizó a finales de 1996 unas interesantes jornadas bajo el título de “Formes i usos del símptoma”. De aquellas jornadas tenemos un magnífico documento de trabajo al que podemos acudir, a pesar del tiempo transcurrido (incluso aquellos que no estén acostumbrados a leer en catalán) puesto que resume muy bien lo que podríamos considerar como cierta “doxa” alrededor de un tema tan multifacético como es el del síntoma psicoanalítico.

En los últimos tiempos los analistas hablamos y escribimos mucho acerca de las nuevas formas del síntoma y de cómo las características de la sociedad contemporánea inciden en el modo de enfermar de los sujetos y/ó en su manera de dirigirse a aquellos de quienes esperan algún tipo de ayuda. Pero más allá de si realmente las presentaciones sintomáticas actuales son siempre tan diferentes de las de otras épocas, existen algunas cuestiones clásicas de la dirección de la cura, y sobre todo de los movimientos iniciales de los análisis, que conviene seguir teniendo siempre muy presentes, y que se refieren directamente a la forma en que el sujeto vive su síntoma y a cómo se ubica respecto del mismo.

Hay sujetos que traen el síntoma como una pura queja, un malestar del que quieren desprenderse para regresar a un hipotético estado anterior. Otros, sin embargo, se hacen ya algunas preguntas acerca de sus síntomas, aceptando que los mismos plantean un enigma a tratar de descifrar, un interrogante que surge de lo más íntimo de su ser y que acarrea un saber no sabido.

En la primera posición nos encontramos con el discurso del Amo o del inconsciente, aquel que obtura la división subjetiva ay que se contenta muchas veces con una respuesta médica o a lo sumo con alguna alternativa terapéutica no psicoanalítica.

En la segunda posición ya se puede hablar de discurso histérico propiamente dicho, y las condiciones son entonces mucho más propicias para un trabajo analítico “comme il fault”.

Si Lacan dio tanta importancia a las llamadas “entrevistas preliminares” fue justamente para disponer de tiempo suficiente a fin de precisar estas cuestiones y para que el analista pudiese maniobrar en dichas entrevistas con la finalidad de poder re-elaborar algunas demandas previas y adecuarlas mejor al objetivo esencial de la instalación de una transferencia que no sea sólo un afecto proyectado en la figura del analista sino, sobre todo, el reconocimiento estructural de la existencia de un saber inconsciente que se podrá ir desplegando a través del trabajo del análisis.

El síntoma inicial se habrá metamorfoseado así en un síntoma propiamente analítico, a través de la rectificación subjetiva propiciada por una escucha habitada por el deseo del analista.


Pr. 8 El síntoma y el saber medio de goce
Victoria Torres - Gijón, diciembre 2008

La experiencia psicoanalítica nos da tres versiones del síntoma: La primera cuando el paciente llega al analista, el síntoma es sustitución de una satisfacción reprimida por el sujeto. En el momento de la entrada en análisis el síntoma pasa a ser un enigma, un nombre del goce del sujeto, envoltura formal, que va a ir depurándose de sentido en el trabajo inconsciente de la cura, para al final constituir un “saber hacer” con ello. Un “saber hacer” porque se sale de las condiciones de empantanamiento del síntoma, que son el no querer saber de la castración. Por ejemplo, “Ser la pequeña” y encontrar una pareja, no resulta posible.

Freud se enfrentó al síntoma histérico, de un modo excepcional. El hecho de que lo nombrara como “cuerpo extraño” nos dice lo bien orientado que estaba. Cuerpo extraño hace referencia a lo real del cuerpo y también a lo Otro, a lo hétero.

Aunque fue años más tarde, cuando definitivamente se dio cuenta del Más allá del Principio del Placer, esa manera de nombrar el síntoma en sus principios, implica ya algo inasimilable al principio del placer, que Lacan llamará goce.

Algunas localizaciones de goce son universales como la función fálica. Lacan propone la escritura del síntoma en términos de función f (x). La función síntoma es como cada sujeto se incluye particularmente, según su fantasma fundamental, en la función fálica, para unir el goce a la castración.

El síntoma es una función de goce particular con una referencia universal: el falo. Lacan define el síntoma como “el modo en que cada uno goza del inconsciente en tanto éste lo determina”(1). Anuda el goce con la lengua y sus equívocos.

Definiré el goce como lo hizo Patrick Valas en las recientes jornadas de Paris, “la relación perturbada del sujeto con su cuerpo”. Pero no siempre aparece el síntoma en el cuerpo como la conversión histérica, también aparece como goce que se introduce en el pensamiento, en el objeto de la fobia, o en una repetición fracasada.

La repetición de la marca significante produce una pérdida de goce que se trata de recuperar mediante el saber. Se repite para encontrar lo idéntico a la primera vez.

Buscando lo idéntico, hay siempre una mengua de satisfacción y para contrarrestar esa pérdida viene el saber. El saber cómo medio de recuperar una satisfacción. “Solo la dimensión de la entropía hace que haya un plus de goce que recuperar”.(2)

El síntoma en sus variedades y avatares nos muestra de modo cifrado este circuito pulsional de búsqueda de satisfacción y la salida más o menos airosa del mismo según se cuente con la castración o no.

1.- Lacan J. Seminario XXII RSI, Ornicar nª4
2.- Lacan J. Seminario XVII El reverso del Psicoanálisis. Ed. Paidos 1999 p.53

 

Pr. 9 Los avatares del síntoma en la infancia
Àngels Petit - Barcelona, diciembre 2008

Me preguntaba sobre el síntoma en la infancia. ¿Hoy en día el sujeto infantil presenta más malestar que en otros tiempos? No lo sé. Pero, ¿qué ocurre con todos estos niños diagnosticados de TDAH, según “el manual psiquiátrico por excelencia” En realidad son muchos los sujetos que manifiestan una alteración en su comportamiento, una dificultad para centrar su atención, la relación con el semejante se les hace difícil y a veces imposible, integrarse en el grupo clase les resulta un esfuerzo enorme, la respuesta agresiva abunda, la relación con la autoridad es conflictiva,  su deseo de saber se desvanece… Los avatares sintomáticos, las nuevas modalidades de goce han cambiado. Creo que sí.

En una sociedad pos moderna, donde la relación del sujeto infantil con el Otro ha pasado de la consistencia a la inconsistencia subjetiva, de la responsabilidad a la no-responsabilidad, de la argumentación al acto, a veces al acto violento… El niño se ve confrontado a un Otro gozador, a un Otro “líquido” como nos dice Bauman, que cuando el niño se quiere sostener en la relación, esta función se diluye, se desvanece y el sujeto infantil se encuentra en una soledad existencial fuera de lo común, casi diría nunca vista hasta la actualidad.

La transmisión de un deseo que no sea anónimo se encuentra desdibujada. Si el síntoma infantil, lo pensamos como una respuesta a la verdad de la pareja en la familia, como nos señala Lacan en “Nota sobre el Niño” podemos afirmar que el sujeto infantil actual, es un sujeto con una relación al deseo dificultosa y en este sentido mucho más vulnerable a somatizar.




Pr. 10 Donde estaba lo real
Rebeca García -  Madrid, diciembre 2008

¿Qué quiere decir Werden ? . Es muy difícil traducirlo. Va hacia algo.

¿Ese algo es el den? ¿El Werden es un verdear?  ¿Qué hay en el devenir alemán?

…………….

Es algo del orden de la indigencia, si me permiten la expresión. La indigencia no es lo mismo que el desanudamiento (dénouement)  o desenlace. Pero dejemos esto en suspenso.”

J. Lacan

 En su “Conferencia en Ginebra sobre el síntoma”, justo después de hablar sobre el dispositivo del pase, Lacan vuelve una vez más a las palabras de Freud  a las que da estatuto de aforismo: Wo es war Soll Ich Werden  y que en alguno de sus seminarios traduce por: “Allí donde estaba lo Real, el sujeto debe advenir”.

En el texto mencionado, Lacan añade un nuevo matiz que viene a impactar por la fuerza del término elegido: se trata de un devenir que contiene “algo del orden de la indigencia (dénuement)”, apuntando así a un real que estaría presente, no sólo en el horizonte, sino en los distintos momentos del recorrido analítico.

Un devenir hilado de indigencia, y el inconsciente cual Booz de formidables recursos -como nos enseña Freud-,  extendiendo sobre ella su generoso manto de envolturas formales.

Saber algo de lo que anudó ese devenir a lo largo de toda la vida de un sujeto forma parte del desenlace de la experiencia. Encontrar la manera de bien-decir acerca de ello, ya lejos de laberintos, jeroglíficos y murallas nos acerca a otros trabajos de la creación más propia.

Tal como el alicantino Miguel Hernández pudo escribir desde la entraña de lo real que lo atravesaba:

 “Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.

 Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.

 Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.”

 
El nudo borromeo no puede estar hecho sino de tres, nos dirá Lacan: “hace falta el elemento tercero y yo lo designo como lo real”.

Del viaje de cada uno dependerá encontrar la letra, ese cuarto elemento con que anudar su poema.

Llegó con tres heridas…

La cicatriz que ha dejado la castración

El síntoma sustituye un acto por una adaptación…una regresión.


Pr. 11 El teatro de la felicidad
Carmen Lafuente - Barcelona, diciembre 2008.

El interés de Lacan sobre las psicosis es constante a lo largo de su enseñanza, aunque podemos diferenciar dos etapas claramente delimitadas. La primera, centrada en el significante del Nombre del padre y en la significación fálica y sus efectos sobre el goce, facilita el diagnóstico y la dirección de la cura de los sujetos psicóticos principalmente aquellos que han tenido un desencadenamiento, pero a veces es insuficiente para los casos de psicosis menos evidentes. Es aquí donde la ultima teoría lacaniana, con la inexistencia del A y la pluralidad de los nombres del padre, así como la clínica del nudo borromeo y del síntoma que los sostiene nos proporciona unas herramientas de enorme precisión y finura permitiendo al psicoanalista acercarse a la experiencia particular del psicótico abriendo nuevas posibilidades de escucha en los llamados sujetos “borderlines”, los trastornos de la personalidad, los “casos raros”. Pero además, esta clínica del nudo borromeo, permite reconocer las posibilidades de reordenamiento del sujeto psicótico y de creación de suplencias, que sin el apoyo del nombre del padre, restauran los daños que producen las invasiones de goce en lo real.

Quiero presentar en esta Jornada sobre los avatares del síntoma, la cura de una paciente esquizofrénica joven, con fenómenos psicóticos desde su infancia y un probable desencadenamiento en la adolescencia y muy especialmente exponer en este trabajo, el trabajo de suplencia que realiza mediante un particular montaje de muñecos.

La paciente recuerda ya desde su infancia haber tenido fenómenos elementales, sensaciones corporales enigmáticas, fenómenos de déjà vu, y un sentimiento intenso de extrañeza y sin sentido respecto al mundo. Se describe como una niña solitaria que convivía con una serie de personajes imaginarios, con los que se relacionaba y a los que confería una existencia real. Este mundo propio, exclusivo y habitado por unos seres, algunos de ellos dobles de ella misma, le proporcionaban un soporte identitario que le permitía un anclaje en la realidad, que aunque precario, ponía freno a sus vivencias psicóticas.

La  existencia de estos personajes imaginarios se pone en cuestión con la vía adulta y entonces su vida se recubre de un velo de tristeza y malestar. Esta pérdida promueve sentimientos de vacío, de soledad y de vergüenza por su manera de vivir.

Pero ella recrea su infancia mediante un juego con su colección de muñecas. Se trata de una colección muy extensa que constituye una saga familiar organizada. Cada personaje tiene su carácter y fisonomía y con ellos juega aún en la actualidad montando historias y escenarios muy complejos. Es un teatro del que ella es la directora y que le proporciona un espacio de felicidad y paz y le permite recuperar algo del goce perdido de su infancia.

Los muñecos y los montajes que con ellos hace ocupan dos habitaciones de su casa y tienen una doble finalidad, la de  nombrar, mediante la saga familiar que ella ha creado, y la de ordenar su existencia, creando un mundo paralelo en el que ella tiene la posibilidad de intervenir y tomar distancia de las dificultades de las relaciones humanas. Podemos considerar su escenario, la puesta en escena  teatral con los muñecos, como una creación psicótica, un objeto de arte, un “ eaube jeddar” (1) un sinthome que anuda .

Este sinthome tiene tres vertientes a tener en cuenta: la simbólica, dos generaciones de muñecos, en un mundo ordenado, extenso, con vida propia, la imaginaria a través de los escenarios que inventa mediante los cuales exorciza sus temores psicóticos y por último la real como una maquinaria condensadora, ordenadora y distanciadora del goce que retorna de forma invasiva a su cuerpo.

Describiremos el papel que ha tenido la cura de esta paciente en el desarrollo y en la  consolidación de este sinthome y trataremos precisar la función estabilizadora que proporciona su teatro de la felicidad, como ella misma lo denomina

(1) Lacan. J. Joyce Le sinthome II

Pr.- 12 Un avatar infantil
Miquel Ángel Fabra - Valencia, enero de 2009.

Las notas de Jacques Lacan a J. Aubry sobre el niño permanecen de plena actualidad. De ellas destacamos con frecuencia cómo el síntoma del niño da cuenta de lo que de sintomático está presente en la estructura familiar. Sin embargo también me parece importante lo que a continuación añade Lacan con relación a función paterna, el que puede actuar como mediadora entre "la identificación con el ideal del yo y la parte tomada del deseo de la madre".

La acción del padre vendría a ser como ese vector orientado por la ley del deseo que puede permitir que el sujeto infantil se desligue y rompa la célula materno-filial y así le permita desear más allá del deseo de la madre.

Sitúo estas anotaciones para destacar cómo en la clínica con niños, estas notas pueden ayudar, no solo en el diagnóstico sino en la dirección de la cura. Por ejemplo para pasar del "síntoma niño" - luego del diagnóstico - a poder trabajar con "el síntoma del niño", en la cura. Aporto para ello unos datos clínicos y me referiré a un síntoma habitual cómo el de los trastornos de lenguaje.

Unos padres demandan una atención por su hijo diagnosticado de disléxico. Insisten en que su hijo cambie de lengua vehicular en la enseñanza, pasando al castellano, lengua de la madre y que es la lengua habitual en la familia. El padre es quien hace el esfuerzo de traerlo a las sesiones, a pesar de tener una agenda extraescolar repleta, por asistir a clases de catequesis y sesiones con logopedas; actividades todas estas que responden más al deseo de la madre.

En una ocasión la madre exige que su hijo no asista a clase una tarde a la semana, con el pretexto de la visita al logopeda. Otro día justifica el que no haga las tareas escolares que lleva a casa aduciendo el motivo de que, "Mi hijo no puede hacer los deberes porque tiene 'dilepsia'  ". Todo un signo que, incluso antes del diagnóstico, nos da cuenta de la relación entre la madre y el hijo.

En situaciones como esta el sujeto infantil hace un síntoma para mantener su posición con relación al goce y el deseo de la madre, pero al mismo tiempo con relación a la madre puede estar en posición de falo u objeto. Solo salvado de la voracidad por la acción del nombre del padre el sujeto podrá ir más allá del deseo de la madre - al que se encuentra pegado por lazos identificatorios, significantes y de goce - y la cura podrá abrirle el campo del lenguaje. Quedará bajo su responsabilidad el permanecer fuera o dentro de las fauces del saurio.

Afortunadamente esto ocurre luego de más de un año de trabajo con este sujeto. Si continua en el dispositivo cabe la posibilidad de una inscripción simbólica,  aunque precaria, pueda darse y permitir al niño organizar su propio síntoma, rompiendo algunos de los lazos identificatorios con su madre.

Este apunte muestra las dificultades en la clínica con niños para pasar del síntoma niño al síntoma del niño, todo un auténtico avatar del síntoma, en este caso dirigido en  la cura, donde la posición del analista es fundamental para conseguirlo.


Pr. 13 Vicisitud y contingencia
Sabino Cabeza -  Zaragoza, enero de 2009.

Avatares es un vocablo que normalmente se utiliza en plural cuando posee  esa acepción de “vicisitud”, e incluso “contingencia”. Es decir, aquello que ocurre como parte de una secuencia de hechos, o como lo que puede o no ocurrir.

Avatar, en singular, tiene otra significación. Y ya hay un preludio que la aborda, el de María Luisa de la Oliva. Yo también lo haré.

La encarnación de la esencia divina en formas terrenales, humanas, no es algo exclusivo de las religiones occidentales. El Cristo, el Ungido, sería entendido en la India como un avatar más. Una de las particularidades de los avatares hindúes es, al más puro estilo platónico, que la idea pierde algo al hacerse materia. Un avatar deja algo de su saber al encarnarse. Diríamos que su saber, el saber del Otro, el saber absoluto que cabe esperar de un dios, se vuelve inconsciente al tomar tierra. Los avatares no recuerdan todo lo que saben.

Otro rasgo propio de la encarnación hinduista es la posibilidad de que un mismo dios lo haga en diversas formas y lugares simultáneos, a través de avatares parciales llamados amshas. Un punto de sincronicidad curioso, nada impropio de los poderes de un dios, pero llamativo porque muestra de forma mítica algo que conocemos bien en Psicoanálisis: el troceamiento de la pulsión cuando lo sexual de lo inconsciente se hace carne. Las cuatro pulsiones parciales serían, dicho así, avatares de lo sexual inconsciente en el cuerpo. La suma de las cuatro no alcanzaría a completar el total, porque lo que falta, aquello en torno a lo cual giran, siempre estuvo más allá.

"Avatares del síntoma", como título, me lleva a hacerme preguntas. ¿Cuáles son hoy las encarnaciones sintomáticas en los cuerpos vivos que van y vienen por el mundo, viviendo sus vidas repletas de goce? ¿Y cuál es la deidad, o dicho más platónicamente, la forma o idea primigenia de la que derivan los avatares sintomáticos? ¿De qué son avatares los síntomas? Dicho así, siguiendo esa línea mental, intento preguntarme por el origen formal de los síntomas. No me importan tanto las encarnaciones sintomáticas, que son variables, mudables, dependientes de la subjetividad de cada época, como su lugar de partida. ¿Qué esconden, qué velan las variaciones sintomáticas actuales, esas que se alejan cada vez más de los clásicos síntomas de la Psiquiatría de los tiempos de Freud?

Freud usó de los mitos con frecuencia. Los mitos siempre han sido un modo casi poético de abordar lo que se sabe y no se sabe que se sabe. ¿Qué es ello que se sabe sin saberlo? Para eso aún ni la Ciencia ni la Tecnología, ni siquiera la Psicología, han hallado respuesta. Una respuesta que sigue en manos de la Religión, convenientemente velada, con la que no dejan de captar adeptos pese a todo.

No hay.

Esa es la respuesta, o una de ellas al menos, pero para llegar a ella hace falta, como sabemos desde Freud, la pregunta correcta.

Encarnaciones de la pregunta fundamental podrían ser la Ciencia, la Religión e incluso el Psicoanálisis. Modos diferentes de hallar respuesta. Haciendo un salto metafórico, podría decirse entonces que síntoma es un intento de respuesta. Que Ciencia, Religión y Psicoanálisis, por tanto, son síntomas. Avatares, encarnaciones, del síntoma. Avatares de la pregunta.

¿Qué importa más, la respuesta o la pregunta?


Pr. 14 El análisis del síntoma es tributario de la concepción del final del análisis
Xavier Campamà - Barcelona. enero de 2009.

Freud creó el dispositivo analítico en correspondencia con su concepto de inconsciente: el sentido sexual de su estructura. La libre asociación permitía encontrar el efecto de dicho sentido sexual a través de los síntomas. Sin embargo no se trataba únicamente de esto, ya que también establecía que la referencia del síntoma era el fantasma, el cual ocupaba el lugar de velo antes de localizar el punto de fijación traumático para el sujeto que tenía el valor de memoria traumática del goce.

 Desde entonces pareciera que, como tributarios de Freud, cada análisis debiera pasar por ahí y, de hecho, es así. Sin embargo con Lacan se puede ir más allá.

Que un sujeto que acude con una opacidad de saber sobre sus malestares encuentre un analista que le permita entrever las posibilidades de la palabra, favorece la creencia del complemento de saber y el despliegue de sentido.

Para que un síntoma devenga analizable hace falta de la puesta en forma de aquello con lo que llegó el sujeto, con la condición de que el analista pase a formar parte como el Otro del síntoma a través de un rasgo cualquiera que el analizante tome de éste y así el discurso del inconsciente pueda operativizarse.

Pero así como sobre la cuestión de la entrada en análisis Lacan prácticamente no introdujo cambios, la cuestión si se modificó sobre la forma de entender la finalización. No se trata del mismo final sobre la travesía del fantasma que en la identificación al síntoma.

Creo que estos sucesivos cambios en la manera de articular el final de análisis, permiten plantear la hipótesis de que el análisis del síntoma es tributario de la concepción de la salida de análisis.

La dirección de la cura orientada en la finalización por identificación al síntoma permite entreverla como un continuum en cuanto a las diferentes versiones sobre el eje sintomático. En síntesis, es evidente que no se trata del mismo síntoma a la entrada que a la salida. Pero en la medida que el síntoma es inseparable del sujeto, por estructura, y que se presenta como una manera de vínculo entre los sujetos, en tanto hace de tapón y de suplencia al goce faltante ante la no relación sexual, es que un análisis puede pensarse así del principio al fin en sus avatares sintomáticos.

Lacan apoyándose en G. Frege propone entender el síntoma como una función f(x).  La función `f´ como variable independiente y (x), variable dependiente, como el recorrido o argumento de la función. Se pueden destacar dos propiedades: el recorrido de la función es lo que puede dar su valor de verdad; por otra parte, hay que anotar que la función, por definición, es algo incompleto, insaturado, lo que ilustra la dimensión del síntoma y el despliegue del argumento.

De esta forma se puede afirmar que el síntoma, definible a mínima como la manera en que cada cual goza de su inconsciente, es función de aquellos significantes sobredeterminados del inconsciente que lo componen y hasta su mínima expresión en la letra, en tanto son portadores de goce.

Hago un cierto forzamiento de la función, ya que Lacan la aplica explícitamente para la letra, cito: “La x es eso que del inconsciente puede traducirse por una letra, en tanto que sólo en la letra la identidad de sí consigo está aislada de toda cualidad” RSI, 21/1/75- lo que la ubicaría más del lado del signo. Recuérdese que Lacan trabajó el signo como acceso a lo real en la matemática en paralelo al signo en relación a lo real sexual. Entonces, esta `x´ pertenece al inconsciente y su peculiaridad es que se trata de una letra pero que está desconectada de la cadena, lo que le dota de ese aislamiento y fijeza a la que se refiere: a la fijeza unaria investida por el goce. Se trata de lo real de lo simbólico.

La cura analítica desarrolla tiempos diferenciables sobre lo que podría calificarse a modo de programa del síntoma. Así, el despliegue de la proliferación del sentido sintomático, en su valor metafórico, pasando por su significación sexualizada, la reducción de la selva significante y del atravesamiento de la significación del goce marcado por su vertiente fantasmática, por lo que en tanto objeto creyó ser para esa construcción goce del Otro. Todo ese recorrido requiere que la inercia inevitable del saber que despliega el analizante en su cura, el mismo goce de buscar el sentido, vaya virando, mediante la maniobra del analista, hacia el descifra-za-miento del síntoma.

A pesar de que el analizante espera el sentido y la verdad de lo que le concierne y se agota en la repetición en el saber de la cadena asociativa, es hacia los significantes sin sentido que la cura debe conducirlo, los S1 “significante-letra” como dice en “La tercera”, significantes asemánticos en tanto no tienen conexión con S2 como se aprecia en el piso inferior en el discurso del analista- Este significante-letra es más bien un signo portador de goce. Recuérdese que aunque Lacan habla del síntoma como nudo de significantes en la misma época también lo hace situándolo como nudo de signos Autocomentario. Intervención en el Congreso de la Grande-Motte.

Desciframiento, entonces, de los significantes amos del goce del síntoma patológico, de la letra desconectada de la serie de su síntoma. Disfraz mentiroso, en cierta forma, pues el desciframiento conlleva un componente de relatividad, de parcialidad, porque los efectos de lalengua de cada sujeto sobre el goce sobrepasan enormemente lo que se puede apropiar. Quizás por eso Lacan va modificando su posición y apunta a lo real en su dimensión parasitaria del goce, como la posible referencia a lo más verdadero. Y además porque hay un claro límite sobre las posibilidades de cifrar del inconsciente y, en consecuencia, también de descifrar, por la imposibilidad de cifrar la relación sexual.

Que un psicoanálisis pueda concluir, en esta clave de lectura del eje del síntoma, más allá de la elaboración del síntoma patológico en una identificación al síntoma, tiene importancia. Aparece como un saldo de la elaboración anterior, pero ya desprendido de la misma. Es un fin más acorde a lo real, por cuanto del orden del ser encuentra su límite en una identificación a un goce particular con el cual maniobra.

Pr. 15 La extracción del plus de goce.
Joan Salinas - Barcelona, enero de 2008.

Si en los fines de la experiencia analítica encontramos la modificación de lo real de goce de cada sujeto, fuera de esta experiencia, en aquella producida por los efectos del discurso del Amo, lo que encontramos es la extracción del plus de goce, en diversas formas.

Cuando Lacan equipara la plusvalía marxista con el plus de goce, el “a”, la extracción que afecta a los actuales sujetos, -representantes contemporáneos del clásico proletariado -, no es solamente la de la plusvalía sino “la expoliación del goce”.

Lo refiere tanto a lo que llama la Yocracia como a la producción de falsos “plus de goce”, de goces “de imitación”. La Yocracia entendida como que el sujeto cree afirmar una verdad al considerarse un amo de sí mismo y los “goces de imitación” entendidos como aquellos generados por la   industria.

Si el Eros freudiano gira en torno a la falta, al sujeto contemporáneo no solo se le convence de la ausencia de la misma sino que además dicha falta es sustituida por objetos que “pueden simular el plus de goce”.

 Ello puede llegar a cundir” decía el 11 Feb. 1970-  y entonces “se mantiene a mucha gente entretenida”.

Expoliar esa falta que es la única manera de gozar es expoliar al esclavo de lo poco que tiene, en aras de prometerle una totalidad de bienes gozables, asequibles y que están en el mercado.

Sería la forma moderna de alineación del proletariado: ya no es el consumismo de tener los objetos que tiene el amo, sino que en una subversión invertida, el esclavo pueda aceptar rendir aquello poco que le es propio y de lo que el amo carece: su goce a partir de su falta.

La forma moderna de alineación no es tanto querer tener asequibles los bienes sino renunciar al goce posible en aras de obtener la promesa de un goce narcisista, que por definición, nunca se consigue: es el efecto de toda búsqueda del Ideal a lo que nos acerca cualquier referencia a un “todo”. Es por ello que el universo de la no falta es el dominante en los discursos.

Si a lo dicho respecto a que la plusvalía moderna es la de la expoliación del goce, goce solo obtenible a partir del “a”, resto, falta y por ello causa, le añadimos el efecto de la promesa engañosa del amo y que es recibida como un tengo derecho a gozar como “ellos” en mi ideal imaginarizado, ya no es suficiente hablar de formas de alineación del clasicismo sino de un progresivo genocidio de la subjetividad y de los efectos de verdad de la palabra.

La extracción del plus de goce unido a la oferta de bienes gozables que prometen otros goces con derecho y sin renuncia, en otra subversión y en reverso, dan cuenta de una nueva imaginería.

En esta Yocracia actual, la antigua figura del ciego que sostiene en sus hombros al tullido y ambos andan, dando así  la función de un cuerpo unificado a dos  fragmentaciones que juntas forman un Yo, es sustituida por los personajes de un sordo que solo ve y se fascina y de un ciego que solo oye y se complace en las significaciones predeterminadas, donde el signo tiende a sustituir al significante.

Lo que antaño fue la extracción de la “piedra de la locura” es hoy, en su reverso,   la introducción discursiva en el sujeto de significaciones únicas, que rechazan cualquier metáfora o sustitución objetal.

Y la “stultifera navis”, la nave de los locos que nos recordaba M. Foucault, hoy está anclada y forma nuestras ciudades.

Pr. 16 ¿Nuevos Síntomas?.
Daniela Aparicio - Barcelona, enero de 2009.
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El síntoma encarna esta relación íntima entre sufrimiento y placer que llamamos goce. Este sufrimiento interroga al sujeto y lo empuja a demandar ayuda y sentido. Hace unos días, veo por primera vez a una mujer joven que me cuenta llorando que hace meses que llora "sin motivo". En el trabajo, o en su casa, es presa de unos ataques de llanto que no puede referir a nada, ni a nadie. Un médico le dice que quizás bebe demasiada agua y otro le recomienda ir al oculista. Así son las cosas.   En las entrevistas conmigo aparece su soledad infantil, como un boquete, nunca fue motivo de queja.

Lo novedoso para un psicoanalista es que no haya síntomas, es lo preocupante. Uno se pone a temblar cuando escucha, que nunca le paso nada al sujeto y que ?no le ha faltado nada?.

¿Nuevos síntomas? Qué es lo novedoso de nuestro tiempo. ¿Cuáles son las modalidades de goce propias de nuestro tiempo, determinadas por los mandatos de los discursos dominantes?

¿Acaso podemos hablar de un nuevo sujeto, sujeto del tener, solitario o soltero, que traga su objeto sin pasar por el Otro. El "soltero" del goce, que construye su fantasma con objetos varios en lugar del objeto (a)?

Y sin embargo, seguimos hablando de un sujeto que es del lenguaje y del inconsciente, no hay otro.

Las mismas depresiones, el ejército de deprimidos, como patología principal de nuestro tiempo, parecen decir lo mismo, dicen poco,  pero permiten deducir una especie de duelo por un sujeto abandonado a su suerte, o a sus fármacos, y a su silencio en soledad. Este sujeto no puede estabilizarse en una relación al Otro con su diferencia, sus marcas y su historia particular, para poder subjetivar su síntoma y darle un sentido.

Si Freud construye la teoría sobre "El sentido de los síntomas" que se anudan con el inconsciente, en la transferencia, con el lazo social, en los lazos entre padres e hijos, en el compromiso y afectos subjetivados, hoy podemos constatar  a veces, que poco sentido le queda.  El sinsentido del síntoma nos lleva directamente a la clínica de los pasajes al acto, los ataques de pánico, y otros estragos  actuales.

No hay síntomas,  en más de un caso eso es así y esta es la cuestión que nos ocupa. ¿Acaso son fenómenos? por lo menos así nos llegan, algunos. No podemos predicar desde lo inamovible, constatamos los cambios y los registramos, esta es también nuestra ética, decir la verdad, no toda, solo la parte que pueda ser escuchada.


Pr. 17 Más allá del síntoma.
Palmira Dasí Asensio -  Valencia, enero de 2009

El neurótico no quiere el bien que dice aspirar para sí, y gracias al registro del engaño enunciativo que conlleva, nació el Psicoanálisis. Freud lo formuló al apresar la distancia emergente entre el decir y los dichos que en él se revelan.

Somos lo que decimos. Y al decirnos, nos malogramos por el malentendido coexistente al hecho de ser seres de lenguaje: pura materia significante adquirida por una procuración que vino dada y con poco margen a la elección. A partir de una división, verificada en una exactitud matematizada, el sujeto va a tratar de rendir cuentas de lo que es, desde las identificaciones a las que se prendió. Esta intervención electiva le va a facultar y dotar de entidad en aquello que ilusiona mostrar del lado del ideal, siempre equidistante al ser que vela.

El enunciado es divergente de las enunciaciones que lo declinan. También del hacer, en el sentido del acto que le sería esperable. Y todo por una discordancia inaugural desde el instante en que un sujeto viene a sumarse, sustraído, al mundo de los seres hablantes. El neurótico, nace con vocación de servidumbre respecto de ese Otro que le preexiste y gobierna en aquello que debería devenir. Visto así, ese sujeto, cuyo objeto investiga el Psicoanálisis, articula su realidad en el campo de lo que hace síntoma, a partir de la huella que el trauma va a inscribir en su subjetividad. Pero hay una distancia real, y por esto mismo operativa, entre los síntomas que se codificaron alrededor de la tragedia que inscribió la huella y el síntoma analítico, único susceptible de desciframiento, en tanto subsume el codicilo real al que estos mismos se alienaron. No saber, y no querer saber, tiene su coste. Lo contrario, implícita un beneficio subsiguiente a la pérdida del goce que todo síntoma lleva sobreimpreso.

Los síntomas, contienen una narrativa, en formato de queja y malestar, que permiten al ser hablante relatarse. Y con ello, hacer lazo social en un peregrinar imaginario que le disuelve su porción de responsabilidad y le tipifica en un enjambre de diagnósticos domésticos con los que poderse prologar, manejar y sostener en sus relaciones con los semejantes.

El síntoma analítico, muy al contrario, concita al sujeto dividido, a la confrontación con lo imposible de decir que reside, como resto de la "corrección ortográfica" que un análisis instituye. En esa meseta, el sujeto se epiloga en una soledad radical y coyuntural, posterior en el sentido lógico, al instante de ver y al tiempo de comprender.

Quedaría el momento de concluir, que incluye ese itinerario temporal necesario para hacerse un ser que ya no se recreará en el amparo que su novela le justificó en cada reedición de su acto, siempre el mismo. En ese sentido, el análisis convoca a una apuesta momentáneamente muda. Muda, en tanto apunta a trascender el pathos, ya sin cálculos ni estrategias escapistas, para poder hacer algo más allá de él y sus estigmas.

Lacan cita el chiste, como forma de coagular lo sintomático irreductible y hacerlo transmisible, a partir de la des-alienación a la que el análisis conduce. Consentir a la inconsistencia y la vacuidad del ser, sería el saldo al descubierto. Alcanzar a reírse de la miseria neurótica ante lo que, otrora, originó el dolor de existir, devendría un descubrimiento nuevo, en forma de ganancia a pura pérdida, para poder continuar creyente, advertido y también incauto, de lo único que jamás yerra: el inconsciente.

Pr. 18 Avatares del síntoma en la experiencia analítica…. O lo analítico como síntoma en los avatares de la experiencia… actual.

Mikel Plazaola - San Sebastián, enero de 2009

 

Me permito tergiversar el título de la Jornada como apertura de un preludio en otra dirección.

El psicoanálisis propone una forma distinta de escuchar los síntomas y el malestar del ser humano. Y lo hace en un contexto de cacofonía provocada por la oferta múltiple y variopinta a la queja del individuo; uso que acarrea con frecuencia al actual usuario, al menos, más goce del sujeto, más queja y por tanto búsqueda de otras formas de manifestarla, ¿Podría el psicoanálisis ocupar un lugar de síntoma en el actual discurso, fundamentalmente discurso para el cierre; síntoma, a convertir en pregunta o causa?

Es habitual oír y decir, lo que es sin duda cierto, que en las actuales circunstancias el discurso analítico no tiene escucha ni lugar en lo social, sobre todo en lo institucional. Todos conocemos los datos y las razones esgrimidas: no responde a las expectativas de lo que hoy una institución puede ofertar para responder a la expectativas y necesidades de la población, no se ajusta a los procedimientos de evaluación, que pueden dar la garantía de su aplicabilidad y rentabilidad en las ofertas al usuario.

Podemos pensar que el amo no es tanto cualquier institución, sino la institucionalización del la voz de su amo: la opinión pública. Significantes que no tienen desperdicio: opinión y pública. Significantes que por el significado que se les atribuyen, cierran cualquier interrogante sobre los modos y los agentes de su obtención. “- Lo dicen las encuestas”, “-lo dicen las investigaciones…”.

Escuchaba en la radio a un catedrático, creo que de sociología, afirmar que los llamados sondeos de opinión, son en realidad orientadores de opinión. Es decir que no es que el sondeo recoja lo que el público opina, sino que en función del resultado de un sondeo, se forma la opinión del público. Aplicar a posteriori las garantías metodológicas es tarea de la estadística y las leyes de muestreo.

Un efecto de esta opinión pública es que en la actualidad haya ofertas en el tratamiento de los malestares que han ido ganando terreno en lo social y en lo institucional, a lo que en otros tiempos podía ocupar el interés por el psicoanálisis. Esto no es ajeno a lo que los analistas han podido hacer cuando el psicoanálisis estaba encumbrado en un cierto prestigio social.

Este encumbramiento es solo una parte del círculo del recorrido en lo social. Tarde o temprano llega la frustración, no hay receta mágica, no se puede eludir el peaje por el paso por el no-todo, por la falta, por la castración. Viene después la consiguiente desidealización, la caída y el ostracismo. Que sepamos, está documentado que en los diversos servicios de Salud oficiales, el psicoanálisis está explícitamente desechado, rechazado o desestimado como forma de tratamiento. Equiparado al curanderismo y a la hipnosis (curiosamente ahora que en diversos hospitales de Estados Unidos se recurre a la hipnosis -esta vez con la base científica de las  neurociencias- como tratamiento para stress postraumático, trastornos de ansiedad, tabaquismo etc…)

Pero no se puede obviar tampoco que las actuales ofertas de tratamientos, se acomodan mejor a la demanda social, sobre todo porque ajustarse a la demanda del usuario, es uno de sus objetivos fundamentales. Es uno de los índices significativos de los premios a la calidad, tenga esta la forma que tenga, ISO, Q, etc. En nuestros términos, es responder a la demanda del individuo, del yo, en vez de al sujeto, para que aquel devuelva el favor en forma de opinión, sondeo o índice de satisfacción.

Pero como dice el refrán “siéntate a la puerta de tu casa y veras pasar el cadáver de tu adversario”.

Pero la paradoja es que a pesar de toda la oferta química o psicológica en lo psi, a pesar de las garantía ante lo social, incluso a pesar de las facilidades económicas a ciertos tratamientos, hay individuos, muchos, que acuden a un analista. Y aunque con frecuencia al principio no saben de su especificidad, se mantienen. Por lo que no se trata de esperar sentado en la puerta de casa, aunque si de sentarse detrás del diván.

Por todo esto, puede el psicoanálisis ser un síntoma en el mercado de ofertas psi.? ¿Tiene suficiente peso en lo colectivo como para convertirse en síntoma?  Es lo que no se ofrece y sin embargo se demanda, al menos algunos lo hacen. Es lo que peor responde a las leyes de mercado como producto: largo, caro, frustrante, y por si fuera poco, el cliente nunca tiene razón. Puede entenderse entonces como síntoma (disfunción se diría ahora) del discurso capitalista, en tanto que no responde a sus exigencias y cuestiona, o al menos contradice, las leyes de mercado.

Como se ha señalado en anteriores prolegómenos, llevado el psicoanálisis a lo social ¿cómo hacer, para hacer de él  síntoma de peso y luego ponerlo al trabajo? Cómo hacerlo desde una posición, tal vez mejor que la gloria anterior, en la que no siendo un objeto agalmático, que el discurso social acabaría convirtiendo en objeto de mercado, se haga objeto causa? Tampoco hay método o respuesta a esta cuestión y sin embargo ocurre. Que siga ocurriendo, dependerá de la inventiva y capacidad de presencia causante, de los analistas en lo social: un síntoma que  interroga.

 

Palazuelo
 

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