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AVATARES DEL SÍNTOMA EN LA EXPERIENCIA ANALÍTICAPreludios
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Nº 1 Rithée Cevasco: Destinos del síntoma Nº 2 Mª Luisa de la Oliva: Avatar. Nº 3 Clotilde Pascual: Lo incurable al final de la cura analítica. Nº 4 Manel Rebollo: De los síntomas al sinthoma: un proceso de desotrificación. Nº 5 Juan del Pozo: El lenguaje tapa. El inconsciente ex-siste. Nº 6 Ramón Miralpeix: El síntoma desde Freud hasta nosotros. Nº 7 Manuel Baldiz: Usos y formas del síntoma Nº 8 Victoria Torres: El síntoma y el saber medio de goce Nº 9 Angels Petit: Los avatares del síntoma en la infancia Nº10 Rebeca García: Donde estaba lo real… Nº 11 Carmen Lafuente: El teatro de la felicidad. Nº 12 Miquel Angel Fabra: Un avatar infantil Nº 13 Sabino Cabeza: Vicisitud y contingencia Nº 14 Xavier Campamà: El análisis del síntoma es tributario de la concepción del final del análisis Nº 15 Joan Salinas: La extracción del plus de goce. Nº 16 Daniela Aparicio: ¿Nuevos síntomas?Nº 17 Palmira Dasí Asensio: Más allá del síntoma. Nº 18 Mikel Plazaola: Avatares del síntoma en la experiencia analítica... O lo analítico como síntoma en los avatres de la experiencia ... actual
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| Pr. 1 | Destinos del síntoma | |||||
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Rithée Cevasco - Barcelona, diciembre 2008
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Abrir
una jornada bajo el título, "Los avatares del síntoma en
la experiencia analítica" nos emplaza de entrada a la
multiplicidad de los destinos posibles del síntoma. Que
tratemos del síntoma en la experiencia analítica requiere que en un
primer tiempo restrinjamos el uso semántico posible del concepto de síntoma
que como sabemos es mucho más amplio que el que recortamos con la
experiencia psicoanalítica. En efecto, si tratamos el síntoma en la
“experiencia analítica” hablamos del síntoma en tanto completado por
el analista, el síntoma en tanto enlazado al sujeto supuesto saber, el síntoma,
pues, en la transferencia soportada en el lazo social del discurso del
analista. Fuera de la experiencia analítica sobreviven el amplio campo de
los síntomas tratados por otros discursos y otras disciplinas. La
invocación de los “avatares” nos pone de entrada sobre la pista de
las mutaciones que encuadra la experiencia: síntoma a la entrada y
síntoma a la salida. En el más acá de la entrada proliferan los síntomas
que podemos situar como síntomas del sujeto de la “normalidad,” el
que J. Lacan sitúa en su Seminario del Acto Analítico (habla ahí
de “sujeto natural”), como el que se afirma en un “Yo soy” que
comporta un rechazo del inconsciente. En el borde del final de la
experiencia se produce otra mutación con el eventual advenimiento de lo
que fue elaborado como le “sinthome”. El
cambio de escritura del “síntoma” por el “sinthome” es la marca
que apunta a esa variación del síntoma que sin embargo mantiene su
necesariedad en tanto respuesta de la “falla” estructural en lo
concerniente al real del que se ocupa el psicoanálisis, el real sexual. En
el paréntesis que es el de la duración de una cura, múltiples avatares
del síntoma pueden emerger, en la diversidad de sus manifestaciones a
medida que van desgajando sus envolturas. Las
mutaciones del síntoma en la experiencia pueden, por lo menos, para
ordenar en parte esa variación referirse a dos vertientes. En
el plano de las significaciones sus variaciones responderán al
vaciamiento de la significación fantasmática que lo organiza en su
relación al Otro, vaciamiento de esa significación que de una manera u
otra siempre es formulada como suposición de que el goce del Otro es
causa del malestar padecido. En el plano del significante es el despliegue
de los significantes amos del sujeto que permitirán ese
anudamiento-desanudamiento como operación sobre el síntoma tal como lo
explicita sintéticamente J. Lacan en su intervención a la Televisión
en l973. Lo
que da consistencia al síntoma, vale decir lo que insiste en su repetición,
es un “nudo de significantes”. “Anudar y desanudar no debe ser
tomado como metáforas lo que aclara, pues, que esos nudos “se
construyen realmente” puesto que forman cadena a partir de la materia
significante. Respecto
al trabajo del análisis en el plano de la significación, sabemos que
podemos obtener lo que hemos venido denominando en nuestra tradición
lacaniana y a pesar de que J. Lacan no enfatizara esa expresión, la
“travesía del fantasma” que limpia, por así decir, al síntoma de su
anudamiento a la significación fantasmática del goce del Otro, pero
también hemos aprendido que esto no es suficiente para que se opere una
reducción del núcleo de goce que persiste patológicamente (vale decir
con sufrimiento) en las repeticiones sintomáticas. Esta vertiente será
objeto de las elucubraciones de J. Lacan sobre todo en el último período
de su enseñanza, y muy particularmente en su seminario XXIII: “Le
Sinthome”. Propondrá
una nueva “versión” del síntoma cuando situará como final posible
de un análisis ese momento en que el sujeto “se identifica a su síntoma”.
Sin entrar a comentar lo paradójico que puede resultar esa invocación de
una “identificación” al final del análisis, aunque es fácil
concebir que J. Lacan se inspira en contra de la concepción posible de
una identificación al analista, el síntoma así concebido retorna al
estatuto de un síntoma no incluido en la transferencia, que habiendo
pasado por la experiencia no es retorno al estatuto del sujeto de la
“normalidad” mencionado más arriba. Qué
relación con el inconsciente se obtiene con esta producción de un sujeto
identificado a su síntoma? Y aún más: ¿qué estatuto dar a ese
inconsciente fuera de transferencia? ¿Al estatuto “real” del
inconsciente? ¿Qué satisfacción perdura con el goce del síntoma liberado
de toda “patología”? Y si el sujeto así advenido opta por la posición
del analista, qué relación entre ese su síntoma y su deseo de analista?
Son algunos interrogantes que podrán desplegarse a lo largo de estas
jornadas, sabiendo que sólo podremos avanzar paso a paso en el
desbrozamiento de las transformaciones del síntoma en la experiencia analítica
y en despejar la particularidad del “síntoma” como producto final de
un análisis como anudamiento de las dimensiones RSI que dan cuenta de la
estructura del ser hablante, no reducido únicamente a su estatuto de
sujeto del inconsciente y en donde juegan a parte entera la dimensión de
lo imaginario y de lo real.
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| Pr. 2 | Avatar | |||||
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María Luisa de la Oliva - Madrid, diciembre 2008
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Avatar
es la encarnación terrestre de un dios, especialmente referido a Vishnú
que en total tuvo 10. Cada avatar desciende para llevar a cabo una
misión diferente, ayudar a los seres humanos tomando formas
diversas, de ahí que en el lenguaje popular se refiera al aspecto
nuevo de una cosa cambiante. "Avatares
del síntoma" se puede tomar en el doble sentido, tanto de sus
variaciones propias : “jeroglíficos de la histeria, blasones de la
fobia, laberintos de la zwangsneurose; encantos de la impotencia, enigmas
de la inhibición, oráculos de la angustia; armas parlantes del carácter,
sellos del autocastigo, disfraces de la perversión"*, es decir, variaciones, variedades sintomáticas en función de las
estructuras clínicas siempre subsidiarias de los cambios de discurso y
por consiguiente, de cuál sea el agente que comanda en cada momento de la
historia. Así, habrá diferentes “modas” del síntoma. Por
cierto, algo a pensar es qué pasará con los síntomas que están
de “moda” ahora que el capitalismo de ficción ha llegado a su límite
y se habla ya de una refundación del capitalismo. También
se puede tomar como las declinaciones de Lacan respecto del síntoma,
que son contemporáneas de su variación del inconsciente hasta llegar al
inconsciente real. En
el análisis síntoma y castración se encarnan de manera
variopinta en su recorrer, pues lo real necesita ser vestido,
recubierto para poder “descender” al reino de lo simbólico. Gracias a
esa virtud polifacética, de camuflaje, se va haciendo el trabajo de
a-nuda-miento y des-a-nuda-miento, de empalmes y suturas, a través
del artificio de la palabra y su silencio pivotadas en torno
al "Sujeto supuesto Saber", hasta que cae, hasta que se cae en aquello que
justamente no cambia nunca, y que es lo real, lo que no tiene ni ley
ni orden, ni concierto, simplemente ex_ siste. Es el hueso duro de roer,
el objeto de cada cual, des-avatar del síntoma. Entonces, la morada de dios de donde partían los avatares de Vishnú para ayudar al hombre en sus desgracias, está vacía, agujereada, a partir de lo cual el asunto es ¿qué hacer con eso? * J. Lacan, Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis. |
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| Pr. 3 | Lo incurable al final de la cura analítica | |||||
| Clotilde Pascual - Barcelona, diciembre de 2008. |
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En
las modulaciones del síntoma en la cura analítica, voy a desarrollar más lo
que sería el final de dicha cura, la llamada identificación al síntoma. Es
un tema que ya he trabajado otras veces y que, lejos de darlo por concluido,
me produce interrogantes, que espero que se puedan debatir en estas jornadas. Formas
diversas de acercarse a ese real que constituye, al final del recorrido analítico,
aquello imposible a decir y que sin embargo continuará operando para el
sujeto, aunque este sujeto ya no esté sometido a la demanda del Otro como al
principio de su experiencia analítica. Estas
preguntas me han surgido, en relación a lo que había trabajado en el
pasado y por las últimas Jornadas de la Escuela (EPFCL) –Francia, en Paris
el 27 y 28 de Diciembre tituladas El Campo lacaniano y el psicoanalista,
en particular en torno a las ponencias de Luis Izcovich y de Colette Soler.
Creo que sin duda, algunas de estas cuestiones serán tratadas en las
ponencias sobre los Avatares del síntoma en la experiencia analítica,
de nuestras próximas Jornadas en Valencia el 27 y 28 de Febrero.
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| Pr. 4 | De los síntomas al sínthoma: un proceso de desotrificación. | |||||
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Manel
Rebollo - Tarragona,
Diciembre 2008 |
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Los
primeros coqueteos de Lacan con el psicoanálisis dieron un primer producto
muy aceptable: "El estadio del espejo como formador del yo…". En él nos
plantea lo deficitaria que nace la cría de humano si la comparamos con
cualquiera de las otras especies que pueblan la Tierra. No es de extrañar
entonces que sólo para ese ser humano, tan faltado de recursos en su
advenimiento, la “falta” le sea constituyente. Hasta el punto que la
ofrece al Otro cuando se encuentra con él (con lo que le “hace falta” al
Otro) como lo más preciado de su ser. Es así como el sujeto constituye su síntoma:
su respuesta primera al Otro, ese Otro que se le hace tan necesario para poder
subsistir, dada su precariedad original. Así pues, el síntoma es el
resultado del primer tropiezo del patoso hombrecito (cuatro patas según la
respuesta de Edipo a la pregunta de la Esfinge) con su Esfinge particular.
Pues lo primero que se habrá preguntado (a través del Otro) el joven sujeto
es Chè vuoi?: ¿Qué me quiere? Y esa pregunta no formulada encuentra
su respuesta por adelantado en el síntoma. Así pues, en la medida que ofrece
lo que le falta al Otro, el síntoma es ya una primera prueba de amor. |
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| Pr. 5 | El lenguaje tapa. El inconsciente ex-siste. | |||||
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Juan del Pozo - San Sebastián, diciembre de 2008 |
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El
inconsciente es un efecto del lenguaje. Porque somos seres hablantes tenemos
un inconsciente, un inconsciente que opera sin aún nosotros saberlo, y opera
para el goce. Hacer
el desciframiento de los síntomas, acceder a su sentido es lo que a partir
del descubrimiento freudiano permite iniciar el trabajo de desbaste del
padecimiento del síntoma. Pero atención, el síntoma que revela ese saber
inconsciente a partir de su descifrado, nos ofrece nuevas pantallas tras lo
que se escamotea lo real del descubrimiento de Freud, el no hay relación
sexual que pueda inscribirse en el inconsciente. El
inconsciente cifra y su desciframiento nos revela el sentido sexual de los síntomas.
De la fascinación del sentido hay que precaverse, pues no es sino otra forma
de goce, goce que es lo que alimenta la sed de sentido del síntoma. ¿Entonces
qué esperar del análisis? Lacan
resitúa lo real en juego: el sentido se reduce al no sentido de la relación
sexual. El
lenguaje es el resultado de aplicar el saber al mar extenso de la polisemia de
lalengua. Esta equivocidad de lalengua, esta polisemia
(irreductible a la pretendida unívocidad de una transparencia del sentido) en
la que el hablante está inmerso, “impregnado”, deja en el sujeto marcas,
marcas del deseo de los padres: la manera en que ha sido instilado un modo
de hablar, no puede sino llevar la marca bajo el cual lo aceptaron sus padres
(Lacan, “Conferencia en Ginebra sobre el síntoma”) y ya ese niño con el
lenguaje que lo baña podrá hacer como “una criba”, mediante la cual algo
del paso del lenguaje dejará los restos con los que se las tendrá que
arreglar en tanto que le permitirán tratar esta relación traumática con el
Otro. Porque el síntoma es finalmente rechazo de ese real de la no relación
sexual y el inconsciente cifra el poco de goce al que podemos acceder para no
despertar y seguir durmiendo. ¿Cómo
ir más allá del inconsciente que cifra y goza de un aparente sentido sexual
que no es sino imaginario para proteger el deseo de dormir? ¿Cómo acceder a
una dimensión del inconsciente que permita vislumbrar otra satisfacción
diferente de la que alimenta el goce patológico del síntoma? Lacan
en la lección del 20 de noviembre de 1973 del Seminario Los no engañados
yerran ubica el problema que ha orientado su trabajo en la última
parte de su enseñanza. El problema es que el lenguaje tapona ese agujero de
la no relación sexual: “(el lenguaje) tapa … el acceso del ser hablante a
algo que se presenta efectivamente, como en cierto punto que toca a lo real,
allí, en ese punto se justifica que yo defina lo real como lo imposible,
porque allí justamente, no ocurre nunca –es la naturaleza del lenguaje- no
ocurre nunca que la relación sexual pueda inscribirse”. |
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| Pr. 6 | El síntoma desde Freud hasta nosotros. | |||||
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Ramón Miralpeix - Barcelona, diciembre 2008 |
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Freud
nos enseñó acerca del síntoma algunas cosas que siguen teniendo toda su
vigencia. De ello haremos punto de salida para nuestro preludio. b)
El síntoma es una solución de compromiso en relación a un conflicto. En un
primer tiempo se trata de un conflicto entre un deseo inconsciente y la
“imposibilidad” de llevarlo a término en la realidad. Al final, para
Freud, el compromiso necesario es entre dos actores de mucho más calado, la
vida y la muerte. Sabemos que el concepto que Lacan nos legará, y que va a
permitirnos abordar con mayor claridad la repetición y la pulsión de muerte,
será el concepto de goce. Y en su centro, un núcleo de goce seco, desnudo,
irreductible que el síntoma debe vestir, que el síntoma no puede dejar de
vestir -conocemos lo que ocurre cuando al psicótico se le desprende el
vestido y el goce aparece desnudo: el vacío por el desamparo más radical del
sentido. Como solución de compromiso, el síntoma es también, pues, una
modalidad de gozar -limitadamente. El
título de nuestras jornadas, “Avatares del síntoma en la experiencia analítica”,
sostiene una tesis y una pregunta. La tesis podría formularse simplemente
diciendo que pasan cosas con el síntoma -quizás el sujeto se refiera
inicialmente a síntomas- entre la entrada y la salida del análisis. La
pregunta se referiría a la especificidad del síntoma a la salida. En el
interior del análisis, se trata por una parte de un proceso de destejer, de
tirar del hilo, de modo que se desmantelan identificaciones, se atraviesan
fantasmas... aunque, ¡ay!, como Penélope, el inconsciente no puede dejar de
tejer. ¿Cómo
hacer entonces para poder atrapar cómo, para cada uno, este núcleo de goce
seco se engarza a su cuerpo? Atrapar este engarce, esta marca primaria,
fundante, conlleva un saber original que modulará para siempre el vestido que
seguirá tejiendo el inconsciente, con un saber de dos cabezas: 1.-
el ateismo propio del encuentro con el significante de la falta en el Otro
-S(A/), y la soledad del encuentro con su desamparo, lo incurable; y 2.-
el vestido del síntoma es necesario, pero puedo “elegirlo”. De eso se
trata -entiendo- con el “saber hacer” con el síntoma que nos indica Lacan
como índice de la salida del análisis. Pero volviendo a la pregunta de cómo
hacer para atrapar el punto de engarce, si el análisis debe transcurrir por
el camino necesario -puesto que sólo es a través de él que puede sostenerse
la transferencia por el Sujeto supuesto al saber- de
designificación/resignificación,
otro camino, contrario, se impone: un camino que no es el del sentido, sino el
del acto, el acto analítico, puesto que el acto apunta al goce. El acto no es
que sea insensato, sin-sentido, sino que sólo puede ser a-sentido, fuera de
sentido, y por ello ir en la dirección del “a”, la letra que para cada
cual inscribe el trauma del encuentro con el goce. Las
preguntas planteadas por Clotilde Pascual son especialmente pertinentes para
nosotros, especialmente la última: ¿qué consecuencias tiene para la
institución que los acoge, lo real incurable de los sujetos que la componen?
Porque nos encontramos con una paradoja: el sujeto que ha pasado por esta
experiencia, a pesar de ser más libre a la hora de “elegir” su síntoma,
es más intransigente en cuanto al mismo. ¿Accederá a ceder parte de su goce
particular, en pos de la Escuela, de la comunidad de los que, como él, han
decidido coparticipar de ese saber? (1) Este es el espejismo que introduce el lenguaje en el síntoma: “puesto que cifra, cifra algo”. Es el fundamento de la creencia en el sentido: lo que puede ser leído -cualquier cosa puede ser leída- debe tener sentido. |
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| Pr. 7 | Usos y formas del síntoma | |||||
| Manuel
Baldiz - Barcelona, diciembre 2008. |
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El
interesante asunto que nos convoca puede ser abordado desde numerosas
perspectivas. Contamos además con una amplísima bibliografía respecto del síntoma
y sus avatares. Cuando muchos de nosotros estábamos todavía en la Escuela
Europea de Psicoanálisis, la sección de Cataluña organizó a finales de
1996 unas interesantes jornadas bajo el título de “Formes i usos del símptoma”.
De aquellas jornadas tenemos un magnífico documento de trabajo al que podemos
acudir, a pesar del tiempo transcurrido (incluso aquellos que no estén
acostumbrados a leer en catalán) puesto que resume muy bien lo que podríamos
considerar como cierta “doxa” alrededor de un tema tan multifacético como
es el del síntoma psicoanalítico. En
los últimos tiempos los analistas hablamos y escribimos mucho acerca de las
nuevas formas del síntoma y de cómo las características de la sociedad
contemporánea inciden en el modo de enfermar de los sujetos y/ó en su manera
de dirigirse a aquellos de quienes esperan algún tipo de ayuda. Pero más allá
de si realmente las presentaciones sintomáticas actuales son siempre tan
diferentes de las de otras épocas, existen algunas cuestiones clásicas de la
dirección de la cura, y sobre todo de los movimientos iniciales de los análisis,
que conviene seguir teniendo siempre muy presentes, y que se refieren
directamente a la forma en que el sujeto vive su síntoma y a cómo se ubica
respecto del mismo. Hay
sujetos que traen el síntoma como una pura queja, un malestar del que quieren
desprenderse para regresar a un hipotético estado anterior. Otros, sin
embargo, se hacen ya algunas preguntas acerca de sus síntomas, aceptando que
los mismos plantean un enigma a tratar de descifrar, un interrogante que surge
de lo más íntimo de su ser y que acarrea un saber no sabido. En
la primera posición nos encontramos con el discurso del Amo o del
inconsciente, aquel que obtura la división subjetiva ay que se contenta muchas
veces con una respuesta médica o a lo sumo con alguna alternativa terapéutica
no psicoanalítica. En
la segunda posición ya se puede hablar de discurso histérico propiamente
dicho, y las condiciones son entonces mucho más propicias para un trabajo
analítico “comme il fault”. Si
Lacan dio tanta importancia a las llamadas “entrevistas preliminares” fue
justamente para disponer de tiempo suficiente a fin de precisar estas
cuestiones y para que el analista pudiese maniobrar en dichas entrevistas con
la finalidad de poder re-elaborar algunas demandas previas y adecuarlas mejor
al objetivo esencial de la instalación de una transferencia que no sea sólo
un afecto proyectado en la figura del analista sino, sobre todo, el
reconocimiento estructural de la existencia de un saber inconsciente que se
podrá ir desplegando a través del trabajo del análisis. El síntoma inicial se habrá metamorfoseado así en un síntoma propiamente analítico, a través de la rectificación subjetiva propiciada por una escucha habitada por el deseo del analista.
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| Pr. 8 | El síntoma y el saber medio de goce | |||||
| Victoria
Torres - Gijón, diciembre 2008 |
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La
experiencia psicoanalítica nos da tres versiones del síntoma: La primera
cuando el paciente llega al analista, el síntoma es sustitución de una
satisfacción reprimida por el sujeto. En el momento de la entrada en análisis
el síntoma pasa a ser un enigma, un nombre del goce del sujeto, envoltura
formal, que va a ir depurándose de sentido en el trabajo inconsciente de la
cura, para al final constituir un “saber hacer” con ello. Un “saber
hacer” porque se sale de las condiciones de empantanamiento del síntoma,
que son el no querer saber de la castración. Por ejemplo, “Ser la pequeña”
y encontrar una pareja, no resulta posible. Aunque
fue años más tarde, cuando definitivamente se dio cuenta del Más allá
del Principio del Placer, esa manera de nombrar el síntoma en sus
principios, implica ya algo inasimilable al principio del placer, que
Lacan llamará goce. Algunas
localizaciones de goce son universales como la función fálica. Lacan propone
la escritura del síntoma en términos de función f (x). La
función síntoma es como cada sujeto se incluye particularmente, según su
fantasma fundamental, en la función fálica, para unir el goce a la castración. El
síntoma es una función de goce particular con una referencia universal: el
falo. Lacan define el síntoma como “el modo en que cada uno goza del
inconsciente en tanto éste lo determina”(1). Anuda el goce con la lengua y
sus equívocos. Definiré
el goce como lo hizo Patrick Valas en las recientes jornadas de Paris, “la
relación perturbada del sujeto con su cuerpo”. Pero no siempre aparece el síntoma
en el cuerpo como la conversión histérica, también aparece como goce que se
introduce en el pensamiento, en el objeto de la fobia, o en una repetición
fracasada. La
repetición de la marca significante produce una pérdida de goce que se trata
de recuperar mediante el saber. Se repite para encontrar lo idéntico a la
primera vez. Buscando
lo idéntico, hay siempre una mengua de satisfacción y para contrarrestar esa
pérdida viene el saber. El saber cómo medio de recuperar una satisfacción.
“Solo la dimensión de la entropía hace que haya un plus de goce que
recuperar”.(2) El
síntoma en sus variedades y avatares nos muestra de modo cifrado este
circuito pulsional de búsqueda de satisfacción y la salida más o menos
airosa del mismo según se cuente con la castración o no. 1.-
Lacan J. Seminario XXII RSI, Ornicar nª4 |
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| Pr. 9 | Los avatares del síntoma en la infancia | |||||
| Àngels
Petit - Barcelona, diciembre 2008 |
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| Pr. 10 | Donde estaba lo real | |||||
| Rebeca
García - Madrid, diciembre 2008 |
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¿Qué
quiere decir Werden ? . Es muy difícil traducirlo. Va hacia algo. ¿Ese
algo es el den? ¿El Werden es un verdear? ¿Qué hay en
el devenir alemán? ……………. Es
algo del orden de la indigencia, si me permiten la expresión. La indigencia
no es lo mismo que el desanudamiento (dénouement) o desenlace. Pero
dejemos esto en suspenso.”
J.
Lacan En
el texto mencionado, Lacan añade un nuevo matiz que viene a impactar por la
fuerza del término elegido: se trata de un devenir que contiene “algo del
orden de la indigencia (dénuement)”, apuntando así a un real que
estaría presente, no sólo en el horizonte, sino en los distintos momentos
del recorrido analítico. Un
devenir hilado de indigencia, y el inconsciente cual Booz de formidables
recursos -como nos enseña Freud-, extendiendo sobre ella su generoso
manto de envolturas formales. Saber
algo de lo que anudó ese devenir a lo largo de toda la vida de un sujeto
forma parte del desenlace de la experiencia. Encontrar la manera de bien-decir
acerca de ello, ya lejos de laberintos, jeroglíficos y murallas nos acerca a
otros trabajos de la creación más propia. Tal
como el alicantino Miguel Hernández pudo escribir desde la entraña de lo
real que lo atravesaba: “Llegó
con tres heridas:
Del
viaje de cada uno dependerá encontrar la letra, ese cuarto elemento con que
anudar su poema. Llegó
con tres heridas… La
cicatriz que ha dejado la castración |
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| Pr. 11 | El teatro de la felicidad | |||||
| Carmen
Lafuente - Barcelona, diciembre 2008. |
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El
interés de Lacan sobre las psicosis es constante a lo largo de su enseñanza,
aunque podemos diferenciar dos etapas claramente delimitadas. La primera,
centrada en el significante del Nombre del padre y en la significación fálica
y sus efectos sobre el goce, facilita el diagnóstico y la dirección de la
cura de los sujetos psicóticos principalmente aquellos que han tenido un
desencadenamiento, pero a veces es insuficiente para los casos de psicosis
menos evidentes. Es aquí donde la ultima teoría lacaniana, con la
inexistencia del A y la pluralidad de los nombres del padre, así como la clínica
del nudo borromeo y del síntoma que los sostiene nos proporciona unas
herramientas de enorme precisión y finura permitiendo al psicoanalista
acercarse a la experiencia particular del psicótico abriendo nuevas
posibilidades de escucha en los llamados sujetos “borderlines”, los
trastornos de la personalidad, los “casos raros”. Pero además, esta clínica
del nudo borromeo, permite reconocer las posibilidades de reordenamiento del
sujeto psicótico y de creación de suplencias, que sin el apoyo del nombre
del padre, restauran los daños que producen las invasiones de goce en lo
real. La
paciente recuerda ya desde su infancia haber tenido fenómenos elementales,
sensaciones corporales enigmáticas, fenómenos de déjà vu, y un sentimiento
intenso de extrañeza y sin sentido respecto al mundo. Se describe como una niña
solitaria que convivía con una serie de personajes imaginarios, con los que
se relacionaba y a los que confería una existencia real. Este mundo propio,
exclusivo y habitado por unos seres, algunos de ellos dobles de ella misma, le
proporcionaban un soporte identitario que le permitía un anclaje en la
realidad, que aunque precario, ponía freno a sus vivencias psicóticas. La
existencia de estos personajes imaginarios se pone en cuestión con la vía
adulta y entonces su vida se recubre de un velo de tristeza y malestar. Esta pérdida
promueve sentimientos de vacío, de soledad y de vergüenza por su manera de
vivir. Pero
ella recrea su infancia mediante un juego con su colección de muñecas. Se
trata de una colección muy extensa que constituye una saga familiar
organizada. Cada personaje tiene su carácter y fisonomía y con ellos juega aún
en la actualidad montando historias y escenarios muy complejos. Es un teatro
del que ella es la directora y que le proporciona un espacio de felicidad y
paz y le permite recuperar algo del goce perdido de su infancia. Los
muñecos y los montajes que con ellos hace ocupan dos habitaciones de su casa
y tienen una doble finalidad, la de nombrar, mediante la saga familiar
que ella ha creado, y la de ordenar su existencia, creando un mundo paralelo
en el que ella tiene la posibilidad de intervenir y tomar distancia de las
dificultades de las relaciones humanas. Podemos considerar su escenario, la
puesta en escena teatral con los muñecos, como una creación psicótica,
un objeto de arte, un “ eaube jeddar” (1) un sinthome que anuda . Este
sinthome tiene tres vertientes a tener en cuenta: la simbólica, dos
generaciones de muñecos, en un mundo ordenado, extenso, con vida propia, la
imaginaria a través de los escenarios que inventa mediante los cuales
exorciza sus temores psicóticos y por último la real como una maquinaria
condensadora, ordenadora y distanciadora del goce que retorna de forma
invasiva a su cuerpo. Describiremos
el papel que ha tenido la cura de esta paciente en el desarrollo y en la
consolidación de este sinthome y trataremos precisar la función
estabilizadora que proporciona su teatro de la felicidad, como ella misma lo
denomina (1) Lacan. J. Joyce Le sinthome II |
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| Pr.- 12 | Un avatar infantil | |||||
| Miquel
Ángel Fabra - Valencia, enero de 2009. |
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Las
notas de Jacques Lacan a J. Aubry sobre el niño permanecen de plena
actualidad. De ellas destacamos con frecuencia cómo el síntoma del niño da
cuenta de lo que de sintomático está presente en la estructura familiar. Sin
embargo también me parece importante lo que a continuación añade Lacan con
relación a función paterna, el que puede actuar como mediadora entre "la
identificación con el ideal del yo y la parte tomada del deseo de la madre".
La
acción del padre vendría a ser como ese vector orientado por la ley del
deseo que puede permitir que el sujeto infantil se desligue y rompa la célula
materno-filial y así le permita desear más allá del deseo de la madre. Sitúo
estas anotaciones para destacar cómo en la clínica con niños, estas notas
pueden ayudar, no solo en el diagnóstico sino en la dirección de la cura.
Por ejemplo para pasar del "síntoma niño" - luego del diagnóstico
- a poder trabajar con "el síntoma del niño", en la cura. Aporto
para ello unos datos clínicos y me referiré a un síntoma habitual cómo el
de los trastornos de lenguaje. Unos
padres demandan una atención por su hijo diagnosticado de disléxico.
Insisten en que su hijo cambie de lengua vehicular en la enseñanza, pasando
al castellano, lengua de la madre y que es la lengua habitual en la familia.
El padre es quien hace el esfuerzo de traerlo a las sesiones, a pesar de tener
una agenda extraescolar repleta, por asistir a clases de catequesis y sesiones
con logopedas; actividades todas estas que responden más al deseo de la madre. En
una ocasión la madre exige que su hijo no asista a clase una tarde a la
semana, con el pretexto de la visita al logopeda. Otro día justifica el que
no haga las tareas escolares que lleva a casa aduciendo el motivo de que, "Mi
hijo no puede hacer los deberes porque tiene 'dilepsia'
". Todo un signo que, incluso antes del diagnóstico, nos da cuenta
de la relación entre la madre y el hijo. En
situaciones como esta el sujeto infantil hace un síntoma para mantener su
posición con relación al goce y el deseo de la madre, pero al mismo tiempo
con relación a la madre puede estar en posición de falo u objeto. Solo
salvado de la voracidad por la acción del nombre del padre el sujeto podrá
ir más allá del deseo de la madre - al que se encuentra pegado por lazos
identificatorios, significantes y de goce - y la cura podrá abrirle el campo
del lenguaje. Quedará bajo su responsabilidad el permanecer fuera o dentro de
las fauces del saurio. Afortunadamente
esto ocurre luego de más de un año de trabajo con este sujeto. Si continua
en el dispositivo cabe la posibilidad de una inscripción simbólica,
aunque precaria, pueda darse y permitir al niño organizar su propio síntoma,
rompiendo algunos de los lazos identificatorios con su madre. Este
apunte muestra las dificultades en la clínica con niños para pasar del síntoma
niño al síntoma del niño, todo un auténtico avatar del síntoma, en este
caso dirigido en la cura, donde la posición del analista es fundamental
para conseguirlo.
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| Pr. 13 | Vicisitud y contingencia | |||||
| Sabino
Cabeza - Zaragoza, enero de 2009. |
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Avatares
es un vocablo que normalmente se utiliza en plural cuando posee esa
acepción de “vicisitud”, e incluso “contingencia”. Es
decir, aquello que ocurre como parte de una secuencia de hechos, o como lo que
puede o no ocurrir. Avatar,
en singular, tiene otra significación. Y ya hay un preludio que la aborda, el
de María Luisa de la Oliva. Yo también lo haré. La
encarnación de la esencia divina en formas terrenales, humanas, no es algo
exclusivo de las religiones occidentales. El Cristo, el Ungido, sería
entendido en la India como un avatar más. Una de las particularidades de los
avatares hindúes es, al más puro estilo platónico, que la idea pierde algo
al hacerse materia. Un avatar deja algo de su saber al encarnarse. Diríamos
que su saber, el saber del Otro, el saber absoluto que cabe esperar de un dios,
se vuelve inconsciente al tomar tierra. Los avatares no recuerdan todo lo que
saben. Otro
rasgo propio de la encarnación hinduista es la posibilidad de que un mismo
dios lo haga en diversas formas y lugares simultáneos, a través de avatares
parciales llamados amshas. Un punto de sincronicidad curioso,
nada impropio de los poderes de un dios, pero llamativo porque muestra de
forma mítica algo que conocemos bien en Psicoanálisis: el troceamiento de la
pulsión cuando lo sexual de lo inconsciente se hace carne. Las cuatro
pulsiones parciales serían, dicho así, avatares de lo sexual inconsciente en
el cuerpo. La suma de las cuatro no alcanzaría a completar el total, porque
lo que falta, aquello en torno a lo cual giran, siempre estuvo más allá. "Avatares
del síntoma", como título, me lleva a hacerme preguntas. ¿Cuáles son hoy
las encarnaciones sintomáticas en los cuerpos vivos que van y vienen por el
mundo, viviendo sus vidas repletas de goce? ¿Y cuál es la deidad, o dicho más
platónicamente, la forma o idea primigenia de la que derivan los avatares
sintomáticos? ¿De qué son avatares los síntomas? Dicho así, siguiendo esa
línea mental, intento preguntarme por el origen formal de los síntomas. No
me importan tanto las encarnaciones sintomáticas, que son variables,
mudables, dependientes de la subjetividad de cada época, como su lugar de
partida. ¿Qué esconden, qué velan las variaciones sintomáticas actuales,
esas que se alejan cada vez más de los clásicos síntomas de la Psiquiatría
de los tiempos de Freud? Freud
usó de los mitos con frecuencia. Los mitos siempre han sido un modo casi poético
de abordar lo que se sabe y no se sabe que se sabe. ¿Qué es ello que se sabe
sin saberlo? Para eso aún ni la Ciencia ni la Tecnología, ni siquiera la
Psicología, han hallado respuesta. Una respuesta que sigue en manos de la
Religión, convenientemente velada, con la que no dejan de captar adeptos pese
a todo. No
hay. Esa
es la respuesta, o una de ellas al menos, pero para llegar a ella hace falta,
como sabemos desde Freud, la pregunta correcta. Encarnaciones
de la pregunta fundamental podrían ser la Ciencia, la Religión e incluso el
Psicoanálisis. Modos diferentes de hallar respuesta. Haciendo un salto metafórico,
podría decirse entonces que síntoma es un intento de respuesta. Que Ciencia,
Religión y Psicoanálisis, por tanto, son síntomas. Avatares, encarnaciones,
del síntoma. Avatares de la pregunta. |
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| Pr. 14 | El análisis del síntoma es tributario de la concepción del final del análisis | |||||
| Xavier
Campamà - Barcelona. enero de 2009. |
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Freud
creó el dispositivo analítico en correspondencia con su concepto de
inconsciente: el sentido sexual de su estructura. La libre asociación permitía
encontrar el efecto de dicho sentido sexual a través de los síntomas. Sin
embargo no se trataba únicamente de esto, ya que también establecía que la
referencia del síntoma era el fantasma, el cual ocupaba el lugar de velo
antes de localizar el punto de fijación traumático para el sujeto –que
tenía el valor de memoria traumática del goce. Pero
así como sobre la cuestión de la entrada en análisis Lacan prácticamente
no introdujo cambios, la cuestión si se modificó sobre la forma de entender
la finalización. No se trata del mismo final sobre la travesía del fantasma
que en la identificación al síntoma. Creo
que estos sucesivos cambios en la manera de articular el final de análisis,
permiten plantear la hipótesis de que el análisis del síntoma es tributario
de la concepción de la salida de análisis. La
dirección de la cura orientada en la finalización por identificación al síntoma
permite entreverla como un continuum en cuanto a las diferentes
versiones sobre el eje sintomático. En síntesis, es evidente que no se trata
del mismo síntoma a la entrada que a la salida. Pero en la medida que el síntoma
es inseparable del sujeto, por estructura, y que se presenta como una manera
de vínculo entre los sujetos, en tanto hace de tapón y de suplencia al goce
faltante ante la no relación sexual, es que un análisis puede pensarse así
del principio al fin en sus avatares sintomáticos. Lacan
apoyándose en G. Frege propone entender el síntoma como una función f(x).
La función `f´ como variable independiente y (x), variable dependiente, como
el recorrido o argumento de la función. Se pueden destacar dos propiedades:
el recorrido de la función es lo que puede dar su valor de verdad; por otra
parte, hay que anotar que la función, por definición, es algo incompleto,
insaturado, lo que ilustra la dimensión del síntoma y el despliegue del
argumento. De
esta forma se puede afirmar que el síntoma, definible a mínima como la
manera en que cada cual goza de su inconsciente, es función de aquellos
significantes sobredeterminados del inconsciente que lo componen y hasta su mínima
expresión en la letra, en tanto son portadores de goce. Hago
un cierto forzamiento de la función, ya que Lacan la aplica explícitamente
para la letra, cito: “La x es eso que del inconsciente puede traducirse por
una letra, en tanto que sólo en la letra la identidad de sí consigo está
aislada de toda cualidad” –RSI,
21/1/75- lo que la ubicaría más del lado del signo. Recuérdese que Lacan
trabajó el signo como acceso a lo real en la matemática en paralelo al signo
en relación a lo real sexual. Entonces, esta `x´ pertenece al inconsciente y
su peculiaridad es que se trata de una letra pero que está desconectada de la
cadena, lo que le dota de ese aislamiento y fijeza a la que se refiere: a la
fijeza unaria investida por el goce. Se trata de lo real de lo simbólico. La
cura analítica desarrolla tiempos diferenciables sobre lo que podría
calificarse a modo de programa del síntoma. Así, el despliegue de la
proliferación del sentido sintomático, en su valor metafórico, pasando por
su significación sexualizada, la reducción de la selva significante y del
atravesamiento de la significación del goce marcado por su vertiente fantasmática,
por lo que en tanto objeto creyó ser para esa construcción goce del Otro.
Todo ese recorrido requiere que la inercia inevitable del saber que despliega
el analizante en su cura, el mismo goce de buscar el sentido, vaya virando,
mediante la maniobra del analista, hacia el descifra-za-miento del síntoma. A
pesar de que el analizante espera el sentido y la verdad de lo que le
concierne y se agota en la repetición en el saber de la cadena asociativa, es
hacia los significantes sin sentido que la cura debe conducirlo, los S1
“significante-letra” como dice en “La tercera”, significantes asemánticos
en tanto no tienen conexión con S2 –como
se aprecia en el piso inferior en el discurso del analista- Este
significante-letra es más bien un signo portador de goce. Recuérdese que
aunque Lacan habla del síntoma como nudo de significantes en la misma época
también lo hace situándolo como nudo de signos –Autocomentario.
Intervención en el Congreso de la Grande-Motte. Desciframiento,
entonces, de los significantes amos del goce del síntoma patológico, de la
letra desconectada de la serie de su síntoma. Disfraz mentiroso, en cierta
forma, pues el desciframiento conlleva un componente de relatividad, de
parcialidad, porque los efectos de lalengua de cada sujeto sobre el goce
sobrepasan enormemente lo que se puede apropiar. Quizás por eso Lacan va
modificando su posición y apunta a lo real en su dimensión parasitaria del
goce, como la posible referencia a lo más verdadero. Y además porque hay un
claro límite sobre las posibilidades de cifrar del inconsciente y, en
consecuencia, también de descifrar, por la imposibilidad de cifrar la relación
sexual. Que un psicoanálisis pueda concluir, en esta clave de lectura del eje del síntoma, más allá de la elaboración del síntoma patológico en una identificación al síntoma, tiene importancia. Aparece como un saldo de la elaboración anterior, pero ya desprendido de la misma. Es un fin más acorde a lo real, por cuanto del orden del ser encuentra su límite en una identificación a un goce particular con el cual maniobra. |
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| Pr. 15 | La extracción del plus de goce. | |||||
| Joan
Salinas - Barcelona, enero de 2008. |
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Si
en los fines de la experiencia analítica encontramos la modificación de lo
real de goce de cada sujeto, fuera de esta experiencia, en aquella producida
por los efectos del discurso del Amo, lo que encontramos es la extracción del
plus de goce, en diversas formas. Lo
refiere tanto a lo que llama la Yocracia como a la producción de falsos
“plus de goce”, de goces “de imitación”. La Yocracia entendida como
que el sujeto cree afirmar una verdad al considerarse un amo de sí mismo y
los “goces de imitación” entendidos como aquellos generados por la
industria. Si
el Eros freudiano gira en torno a la falta, al sujeto contemporáneo no solo
se le convence de la ausencia de la misma sino que además dicha falta es
sustituida por objetos que “pueden simular el plus de goce”. Sería
la forma moderna de alineación del proletariado: ya no es el consumismo de
tener los objetos que tiene el amo, sino que en una subversión invertida, el
esclavo pueda aceptar rendir aquello poco que le es propio y de lo que el amo
carece: su goce a partir de su falta. La
forma moderna de alineación no es tanto querer tener asequibles los bienes
sino renunciar al goce posible en aras de obtener la promesa de un goce
narcisista, que por definición, nunca se consigue: es el efecto de toda búsqueda
del Ideal a lo que nos acerca cualquier referencia a un “todo”. Es por
ello que el universo de la no falta es el dominante en los discursos. Si
a lo dicho respecto a que la plusvalía moderna es la de la expoliación del
goce, goce solo obtenible a partir del “a”, resto, falta y por ello causa,
le añadimos el efecto de la promesa engañosa del amo y que es recibida como
un tengo derecho a gozar como “ellos” en mi ideal imaginarizado, ya no es
suficiente hablar de formas de alineación del clasicismo sino de un
progresivo genocidio de la subjetividad y de los efectos de verdad de la
palabra. La
extracción del plus de goce unido a la oferta de bienes gozables que prometen
otros goces con derecho y sin renuncia, en otra subversión y en reverso, dan
cuenta de una nueva imaginería. En
esta Yocracia actual, la antigua figura del ciego que sostiene en sus hombros
al tullido y ambos andan, dando así la función de un cuerpo unificado
a dos fragmentaciones que juntas forman un Yo, es sustituida por los
personajes de un sordo que solo ve y se fascina y de un ciego que solo oye y
se complace en las significaciones predeterminadas, donde el signo tiende a
sustituir al significante. Lo
que antaño fue la extracción de la “piedra de la locura” es hoy, en su
reverso, la introducción discursiva en el sujeto de
significaciones únicas, que rechazan cualquier metáfora o sustitución
objetal. |
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| Pr. 16 | ¿Nuevos Síntomas?. | |||||
| Daniela Aparicio - Barcelona, enero de 2009. . |
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El síntoma encarna esta relación íntima entre sufrimiento y placer que llamamos goce. Este sufrimiento interroga al sujeto y lo empuja a demandar ayuda y sentido. Hace unos días, veo por primera vez a una mujer joven que me cuenta llorando que hace meses que llora "sin motivo". En el trabajo, o en su casa, es presa de unos ataques de llanto que no puede referir a nada, ni a nadie. Un médico le dice que quizás bebe demasiada agua y otro le recomienda ir al oculista. Así son las cosas. En las entrevistas conmigo aparece su soledad infantil, como un boquete, nunca fue motivo de queja. Lo novedoso para un psicoanalista es que no haya síntomas, es lo preocupante. Uno se pone a temblar cuando escucha, que nunca le paso nada al sujeto y que ?no le ha faltado nada?. ¿Nuevos síntomas? Qué es lo novedoso de nuestro tiempo. ¿Cuáles son las modalidades de goce propias de nuestro tiempo, determinadas por los mandatos de los discursos dominantes? ¿Acaso podemos hablar de un nuevo sujeto, sujeto del tener, solitario o soltero, que traga su objeto sin pasar por el Otro. El "soltero" del goce, que construye su fantasma con objetos varios en lugar del objeto (a)? Y sin embargo, seguimos hablando de un sujeto que es del lenguaje y del inconsciente, no hay otro. Las mismas depresiones, el ejército de deprimidos, como patología principal de nuestro tiempo, parecen decir lo mismo, dicen poco, pero permiten deducir una especie de duelo por un sujeto abandonado a su suerte, o a sus fármacos, y a su silencio en soledad. Este sujeto no puede estabilizarse en una relación al Otro con su diferencia, sus marcas y su historia particular, para poder subjetivar su síntoma y darle un sentido. Si Freud construye la teoría sobre "El sentido de los síntomas" que se anudan con el inconsciente, en la transferencia, con el lazo social, en los lazos entre padres e hijos, en el compromiso y afectos subjetivados, hoy podemos constatar a veces, que poco sentido le queda. El sinsentido del síntoma nos lleva directamente a la clínica de los pasajes al acto, los ataques de pánico, y otros estragos actuales. No hay síntomas, en más de un caso eso es así y esta es la cuestión que nos ocupa. ¿Acaso son fenómenos? por lo menos así nos llegan, algunos. No podemos predicar desde lo inamovible, constatamos los cambios y los registramos, esta es también nuestra ética, decir la verdad, no toda, solo la parte que pueda ser escuchada. |
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| Pr. 17 | Más allá del síntoma. | |||||
| Palmira
Dasí Asensio - Valencia, enero de 2009 |
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El neurótico no quiere el bien que dice aspirar para sí, y gracias al registro del engaño enunciativo que conlleva, nació el Psicoanálisis. Freud lo formuló al apresar la distancia emergente entre el decir y los dichos que en él se revelan. Somos lo que decimos. Y al decirnos, nos malogramos por el malentendido coexistente al hecho de ser seres de lenguaje: pura materia significante adquirida por una procuración que vino dada y con poco margen a la elección. A partir de una división, verificada en una exactitud matematizada, el sujeto va a tratar de rendir cuentas de lo que es, desde las identificaciones a las que se prendió. Esta intervención electiva le va a facultar y dotar de entidad en aquello que ilusiona mostrar del lado del ideal, siempre equidistante al ser que vela. El enunciado es divergente de las enunciaciones que lo declinan. También del hacer, en el sentido del acto que le sería esperable. Y todo por una discordancia inaugural desde el instante en que un sujeto viene a sumarse, sustraído, al mundo de los seres hablantes. El neurótico, nace con vocación de servidumbre respecto de ese Otro que le preexiste y gobierna en aquello que debería devenir. Visto así, ese sujeto, cuyo objeto investiga el Psicoanálisis, articula su realidad en el campo de lo que hace síntoma, a partir de la huella que el trauma va a inscribir en su subjetividad. Pero hay una distancia real, y por esto mismo operativa, entre los síntomas que se codificaron alrededor de la tragedia que inscribió la huella y el síntoma analítico, único susceptible de desciframiento, en tanto subsume el codicilo real al que estos mismos se alienaron. No saber, y no querer saber, tiene su coste. Lo contrario, implícita un beneficio subsiguiente a la pérdida del goce que todo síntoma lleva sobreimpreso. Los síntomas, contienen una narrativa, en formato de queja y malestar, que permiten al ser hablante relatarse. Y con ello, hacer lazo social en un peregrinar imaginario que le disuelve su porción de responsabilidad y le tipifica en un enjambre de diagnósticos domésticos con los que poderse prologar, manejar y sostener en sus relaciones con los semejantes. El síntoma analítico, muy al contrario, concita al sujeto dividido, a la confrontación con lo imposible de decir que reside, como resto de la "corrección ortográfica" que un análisis instituye. En esa meseta, el sujeto se epiloga en una soledad radical y coyuntural, posterior en el sentido lógico, al instante de ver y al tiempo de comprender. Quedaría el momento de concluir, que incluye ese itinerario temporal necesario para hacerse un ser que ya no se recreará en el amparo que su novela le justificó en cada reedición de su acto, siempre el mismo. En ese sentido, el análisis convoca a una apuesta momentáneamente muda. Muda, en tanto apunta a trascender el pathos, ya sin cálculos ni estrategias escapistas, para poder hacer algo más allá de él y sus estigmas. Lacan cita el chiste, como forma de coagular lo sintomático irreductible y hacerlo transmisible, a partir de la des-alienación a la que el análisis conduce. Consentir a la inconsistencia y la vacuidad del ser, sería el saldo al descubierto. Alcanzar a reírse de la miseria neurótica ante lo que, otrora, originó el dolor de existir, devendría un descubrimiento nuevo, en forma de ganancia a pura pérdida, para poder continuar creyente, advertido y también incauto, de lo único que jamás yerra: el inconsciente.
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| Pr. 18 | Avatares del síntoma en la experiencia analítica…. O lo analítico como síntoma en los avatares de la experiencia… actual. | |||||
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Mikel Plazaola - San Sebastián, enero de 2009
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Me permito tergiversar el título de la Jornada como apertura de un preludio en otra dirección. El psicoanálisis propone una forma distinta de escuchar los síntomas y el malestar del ser humano. Y lo hace en un contexto de cacofonía provocada por la oferta múltiple y variopinta a la queja del individuo; uso que acarrea con frecuencia al actual usuario, al menos, más goce del sujeto, más queja y por tanto búsqueda de otras formas de manifestarla, ¿Podría el psicoanálisis ocupar un lugar de síntoma en el actual discurso, fundamentalmente discurso para el cierre; síntoma, a convertir en pregunta o causa? Es habitual oír y decir, lo que es sin duda cierto, que en las actuales circunstancias el discurso analítico no tiene escucha ni lugar en lo social, sobre todo en lo institucional. Todos conocemos los datos y las razones esgrimidas: no responde a las expectativas de lo que hoy una institución puede ofertar para responder a la expectativas y necesidades de la población, no se ajusta a los procedimientos de evaluación, que pueden dar la garantía de su aplicabilidad y rentabilidad en las ofertas al usuario. Podemos pensar que el amo no es tanto cualquier institución, sino la institucionalización del la voz de su amo: la opinión pública. Significantes que no tienen desperdicio: opinión y pública. Significantes que por el significado que se les atribuyen, cierran cualquier interrogante sobre los modos y los agentes de su obtención. “- Lo dicen las encuestas”, “-lo dicen las investigaciones…”. Escuchaba en la radio a un catedrático, creo que de sociología, afirmar que los llamados sondeos de opinión, son en realidad orientadores de opinión. Es decir que no es que el sondeo recoja lo que el público opina, sino que en función del resultado de un sondeo, se forma la opinión del público. Aplicar a posteriori las garantías metodológicas es tarea de la estadística y las leyes de muestreo. Un efecto de esta opinión pública es que en la actualidad haya ofertas en el tratamiento de los malestares que han ido ganando terreno en lo social y en lo institucional, a lo que en otros tiempos podía ocupar el interés por el psicoanálisis. Esto no es ajeno a lo que los analistas han podido hacer cuando el psicoanálisis estaba encumbrado en un cierto prestigio social. Este encumbramiento es solo una parte del círculo del recorrido en lo social. Tarde o temprano llega la frustración, no hay receta mágica, no se puede eludir el peaje por el paso por el no-todo, por la falta, por la castración. Viene después la consiguiente desidealización, la caída y el ostracismo. Que sepamos, está documentado que en los diversos servicios de Salud oficiales, el psicoanálisis está explícitamente desechado, rechazado o desestimado como forma de tratamiento. Equiparado al curanderismo y a la hipnosis (curiosamente ahora que en diversos hospitales de Estados Unidos se recurre a la hipnosis -esta vez con la base científica de las neurociencias- como tratamiento para stress postraumático, trastornos de ansiedad, tabaquismo etc…) Pero no se puede obviar tampoco que las actuales
ofertas de tratamientos, se acomodan mejor a la demanda social, sobre todo
porque ajustarse a la demanda del usuario, es uno de sus objetivos
fundamentales. Es uno de los índices significativos de los premios a la
calidad, tenga esta la forma que tenga, ISO, Q, etc. En nuestros términos,
es responder a la demanda del individuo, del yo, en vez de al sujeto, para
que aquel devuelva el favor en forma de opinión, sondeo o índice de
satisfacción. Pero como dice el refrán “siéntate a la puerta de tu casa y veras pasar el cadáver de tu adversario”. Pero la paradoja es que a pesar de toda la oferta química o psicológica en lo psi, a pesar de las garantía ante lo social, incluso a pesar de las facilidades económicas a ciertos tratamientos, hay individuos, muchos, que acuden a un analista. Y aunque con frecuencia al principio no saben de su especificidad, se mantienen. Por lo que no se trata de esperar sentado en la puerta de casa, aunque si de sentarse detrás del diván. Por todo esto, puede el psicoanálisis ser un síntoma en el mercado de ofertas psi.? ¿Tiene suficiente peso en lo colectivo como para convertirse en síntoma? Es lo que no se ofrece y sin embargo se demanda, al menos algunos lo hacen. Es lo que peor responde a las leyes de mercado como producto: largo, caro, frustrante, y por si fuera poco, el cliente nunca tiene razón. Puede entenderse entonces como síntoma (disfunción se diría ahora) del discurso capitalista, en tanto que no responde a sus exigencias y cuestiona, o al menos contradice, las leyes de mercado. Como se ha señalado en anteriores prolegómenos, llevado el psicoanálisis a lo social ¿cómo hacer, para hacer de él síntoma de peso y luego ponerlo al trabajo? Cómo hacerlo desde una posición, tal vez mejor que la gloria anterior, en la que no siendo un objeto agalmático, que el discurso social acabaría convirtiendo en objeto de mercado, se haga objeto causa? Tampoco hay método o respuesta a esta cuestión y sin embargo ocurre. Que siga ocurriendo, dependerá de la inventiva y capacidad de presencia causante, de los analistas en lo social: un síntoma que interroga.
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